Deseo de volar

       El primer recuerdo de Anne Gallagher eran los aviones. Sus padres le habían llevado a verlos, cuando ella apenas levantaba medio palmo del suelo. Se trataba de un desfile para celebrar la victoria de las tropas británicas contra los ejércitos del Kaiser en el centro de Europa. A veces, cuando cerraba los ojos, Anne podía sentir aún las impresiones de aquel día: los aviones volando por encima de ella, los colores de la bandera, el sonido discordante del God save the King mezclado con el bramar de la multitud y con el traqueteo de los motores…

       Cada vez que ella sacaba el tema, Sean le decía que no podía acordarse de aquello, que ni siquiera tenía tres años en el momento del desfile, que él apenas lo recordaba y eso que por aquel entonces había tenido diez. Pero Sean siempre estaba diciendo esta clase de cosas, para chincharla, así que no había que darle importancia. En algunas ocasiones pensaba que podía haberse inventado el recuerdo a partir de todas las veces que su madre le había hablado del día de los aviones… pero luego cerraba los ojos y volvía a escuchar los motores.

       Luego había venido la guerra. Leo Gallagher, el padre de Anne, era irlandés hasta la médula y católico como el que más, pero se había quedado en el lado británico. Aunque tenía pastizales de ganado vacuno a ambos lados de la frontera, su casa siempre había sido el Ulster. Además, era un hombre inteligente, y previó lo que se avecinaba después de la paz. Por desgracia, acertó. Anne recordaba –y éste sí que podía jurar sobre la Biblia que era un recuerdo real– a Neil entrar en el comedor con la cara demudada y anunciar que en Irlanda acababa de estallar la guerra civil.

       Mientras duró la guerra civil, los Gallagher adoptaron un ritual. Cada noche, toda la familia se reunía alrededor de la radio a escuchar los noticieros cinematográficos. Después, el padre leía todas las noticias referentes a Irlanda que hubiera en los periódicos del día. Cada poco tiempo Neil bajaba a Derry para enterarse en las tabernas de lo que no salía en la prensa. Fue así como supieron de la muerte de Arthur, el hermano de Leo, que pertenecía a la facción gubernamental.

       La guerra no fue buena época para los Gallagher. Aparte de la muerte de Arthur, Leo perdió un rebaño de vacas, requisado por los rebeldes y que nunca se recuperó. Tuvieron que apretarse el cinturón. Sin embargo, Anne recordaba aquel periodo con cariño. Una escuadra de aviones se asentó en Derry, dispuesta a intervenir en Irlanda si la cosa se ponía fea. Todas las tardes hacía maniobras, y Anne podía verlas. Se tumbaba en una loma y veía a los gigantescos aparatos ascender, evolucionar en el cielo y descender. Podía quedarse ahí horas, observando con la boca abierta aquella maravilla. Fue entonces cuando decidió que quería ser piloto.

       Un día Sean la llevó a Derry. Su hermano mayor se había hecho amigo de algunos de los pilotos y, después de que ella insistiera durante una semana, accedió a acercarse con ella al aeródromo. Se pasó la visita con la boca abierta. Le dejaron acercarse a los aviones. De cerca eran enormes. Pero lo que más le impresionó fueron los pilotos. Sus cazadoras, sus gafas, sus cuidados bigotes, su gallardía. Se paseaban entre los aparatos como si fueran los dueños de todo aquello. ¿Cómo no iban a pensarlo? Les habían visto a todos desde el cielo, como si fueran hormiguitas.

       Casi se le paró el corazón cuando Sean se paró a hablar con dos pilotos que estaban en la puerta de un hangar. Ni siquiera se enteró de lo que hablaban. Pero de repente uno de ellos se arrodilló a su lado y preguntó:

       —¿Y esta pequeña quién es?

       —Es mi hermana, Anne —intervino Sean antes de que ella pudiera abrir la boca.

       —Qué bonita es. Dime, pequeña Anne, ¿Con quién te quieres casar cuando seas mayor? ¿Será con un granjero como tu papá o con un piloto de guerra como yo?

       —¡Yo no quiero casarme! —dijo Anne, con toda la seguridad de sus nueve años—. ¡Yo quiero pilotar aviones!

       Las risotadas de los tres hombres le acompañaron todo el trayecto hasta su casa. Ni siquiera el dolor de cabeza que le entró después de varias horas llorando logró que se fueran.

++++++++++

       Sean lo contó en casa. Alguna explicación había que dar al hecho de que Anne hubiera regresado llorando y roja de furia. Esa noche el cinturón de Leo Gallagher cantó. Si algo se podía decir del patriarca de la familia es que sabía cómo mantener el orden en su casa.

       —¡Y que no vuelva a oírte esa tontería de ser piloto! —le dijo su padre como última advertencia.

       Anne quedó llorando en su cama. Su madre entró silenciosamente y le cogió de la mano. Ella se abrazó, temblando. La madre le acarició la cabeza. Por fin a ella se le acabaron las lágrimas.

       —Yo… yo sólo quería…

       —Chsss, no hables ahora —Marie Gallagher seguía acariciando la cabeza de su hija—. Tranquilízate. Duerme; ya es tarde. Mañana lo verás todo de otra manera.

       —Pero mamá, si yo no he dicho nada malo. Sólo quiero volar, ser piloto… ¿qué hay de malo?

       —Hija, a tu padre ya le parecen bastante mal los aviones como para permitir que una hija suya los pilote. Tu misión en la vida no es ésa, cariño. Eres la hija menor de tu padre, y él te quiere mucho, así que se asegurará de que te cases bien.

       —Pero no quiero casarme bien. Quiero volar, tiene que ser magnífico… lo he querido siempre. ¿Por qué es tan malo?

       —Las cosas son así, Anne. Siempre lo han sido y ya está. No hay que darle más vueltas, y mejor que lo descubras ahora que no de más mayor —Anne se abrazó más fuerte a su madre—. No estés así, cariño. Tu padre sólo quiere lo mejor para ti.

       —¿Y tú, mamá? ¿Tú qué quieres? —preguntó Anne, desesperada.

       —Yo no tengo opinión, hijita. Sobre estas cosas decide tu padre, bien lo sabes.

       Y entonces pareció abrirse un segundo depósito de lágrimas.

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       El que sí se fue a pilotar aviones, apenas unos meses después de aquello, fue Sean. A Anne le pareció tan injusto que estuvo sin hablarle una semana. Rompió su silencio el día en que él ya se iba, y sólo porque su madre se lo pidió. Bajó por las escaleras de la granja para ver a Sean, en toda la plenitud de sus casi veinte años, despedirse de su familia.

       —Mira quién ha aparecido —dijo él, con esa sonrisa insolente que siempre ponía. Anne estuvo a punto de irse corriendo escaleras arriba, pero apretó los puños y se acercó a su hermano. Unas semanas antes había cumplido los diez años. Ya no era una niña. Tenía que ser fuerte.

       Anne abrazó a Sean.

       —Te vamos a echar de menos —dijo su madre—. Prométenos que nos escribirás todas las semanas.

       —¡Claro, madre! —respondió Sean, mientras le revolvía el pelo a la pequeña—. Cada domingo tendréis carta mía. Os contaré cómo es mi vida en el aeródromo, cómo es la gran ciudad, quiénes son mis amigos…

       —¿Podrías… podrías contarme una cosa? —dijo Anne, ya despegada de su hermano.

       —Por supuesto, pequeña. ¿Qué quieres que te cuente?

       —¡Quiero saber qué se siente al volar! —su padre suspiró y su madre se revolvió, incómoda, pero ella siguió—. Cómo es el viento en la cara, qué sensación hay cuando se sube y cuando se baja, cómo se ve todo desde arriba… ¡necesito saberlo! Por favor, di que sí.

       —¡Bueno, me parece una cosa muy aburrida para contar en una carta, pero si tanto te importa, claro que lo haré!

       —¿Aburrida?

       —A ver, hermanita —su hermano se arrodilló delante de ella, con esa sonrisa permanente reluciendo en su cara—. Yo me voy a hacer piloto porque es una carrera con futuro y que tiene mucho prestigio. A mí volar me da igual. Eres tú la que estás obsesionada con el tema —y se rio.

       Anne tuvo que recurrir a toda la fuerza de voluntad de sus diez años para no escupir a su hermano.

++++++++++

       Pasó el tiempo. Sean cumplió su promesa, y cada domingo llegaba puntualmente una carta de él. Anne no tenía tiempo de pensar en aviones; el colegio era cada vez más difícil y además, con un par menos de brazos en la granja, a cada hermano le tocaba más trabajo. No se olvidó de su sueño, pero la fuerza de la realidad le obligó a mantenerlo en un segundo plano. Se resignó.

       Hasta que un día, cuando ella ya tenía doce años, Sean volvió de visita. Iba a quedarse durante dos meses que le habían dado de licencia. Estaba guapísimo: la vida militar le había hecho perder la incipiente tripa que tenía cuando se fue, y llevaba el bigote recortado al estilo de los pilotos. Trajo regalos para todos los miembros de la familia. Pero lo más maravilloso era lo que llevaba en la maleta. Se lo dio un día, cuando ambos estaban a solas.

       —Toma. Guárdalo bien, que padre no se entere.

       Anne lo desenvolvió y se quedó maravillada. Era un libro. Un libro sobre aviones. Pasó las páginas, con la boca abierta. Estaba lleno de fotografías de aparatos de todo tipo, y al lado de cada imagen había una ficha técnica y un texto introductorio. Cerró el libro y corrió a abrazar a su hermano.

       —Gracias, de verdad, Sean…

       —Veo que sigues teniendo esa obsesión con los aviones —dijo su hermano—. Ahora te entiendo, hermanita, de verdad. La primera vez que volé fue… —le brillaron los ojos.

       Se pasaron el día hablando de aviones y mirando el libro. Finalmente, Anne hizo la pregunta fundamental, la que le llevaba horas rondando por la cabeza.

       —Sean… ¿hay mujeres piloto? ¿Alguna lo ha hecho antes?

       —Pues creo que alguna hay —la sonrisa que puso Anne al oír esto fue desapareciendo mientras su hermana hablaba—, pero están todas en Estados Unidos. Me suena que hace muchos años hubo una en Francia. Ninguna en el Reino Unido, que yo conozca. Lo siento.

++++++++++

       La presencia de Sean en la casa fue beneficiosa en muchos aspectos. Había estado en la ciudad, y se notaba. La granja estaba revolucionada por las costumbres que traía el hijo mayor. Por ejemplo, insistió en que Anne y su hermana mayor, Darcy, siguieran escolarizadas.

       —Venga, padre, entiéndalo. Ya no estamos en el siglo XIX, después de todo. En Londres hay mujeres trabajando en muchas cosas: en oficinas, en hospitales, en colegios… Darcy y Anne se merecen eso, ¿no cree?

       —No lo necesitan —gruñó su padre—. Ya saben leer, escribir y hacer cuentas, y de su educación moral nos ocupamos tu madre y yo. ¿Para que necesitan más? Ellas no van a trabajar. ¡Se casarán con hombres buenos y no hay más que hablar!

       Normalmente cuando Leo Gallagher decía que “no hay más que hablar” la discusión terminaba. Pero Sean era tan cabezota como su padre, ganaba su propio dinero y llevaba años siendo independiente. Así que siguió sacando el tema, y ganándose para la causa a sus hermanos y a su madre. Al final, cuando faltaba menos de una semana para que terminara su permiso, el padre accedió. En el siguiente curso, Darcy y Anne seguirían estudiando.

       Pasar a secundaria fue para Anne toda una revolución. No sólo porque el nuevo colegio donde estudiaba estaba en Derry, sino porque al lado había una maravillosa biblioteca pública. Durante aquellos años, y con la excusa de quedarse estudiando para los exámenes, Anne devoró todos los libros que pudo. Primero los de aeronáutica, claro, pero cuando éstos se le acabaron (sólo había dos en la biblioteca) leyó todo lo que le pareció interesante, desde novelas hasta tratados sobre física.

       Sin embargo, su libro favorito siempre fue el que le había regalado su hermano. Pasaba las páginas lentamente, como quien maneja una reliquia sagrada, y miraba una a una las fotos de los aviones. Veía a los aviadores posar junto con sus aparatos, riendo, y todo lo que deseaba era ser una de ellos. Además, se dio cuenta de que cada vez entendía mejor las fichas y explicaciones técnicas.

       Un día, cuando tenía dieciséis años, y después de que Sean le confirmara por carta que seguía sin haber mujeres piloto en el Reino Unido, Anne se atrevió. Era una tarde en la que estaba sola con su padre. Era invierno, y ambos disfrutaban del fuego de la chimenea. Cogió fuerzas de donde no creía tenerlas, se levantó y se acercó a él.

       —Padre, ya sé a lo que quiero dedicarme. Con todo respeto: no sé con quién querré casarme, pero sí sé qué quiero hacer. Voy a ser piloto.

       La cara de su padre se puso de todos los colores antes de contestar. Sin embargo, cuando pudo articular palabra, su voz sonaba extrañamente calmada.

       —Mientras yo sea tu padre, Anne, eso no sucederá. Se te permitió seguir estudiando, pero cuando termines de hacerlo empezarás a buscar un marido adecuado como hacen todas las chicas de tu edad.

       —¡Pero padre! Sean es piloto. ¿Por qué yo no puedo? Mi trabajo sería menos peligroso que el suyo, porque él es militar y le pueden matar en cualquier guerra y yo no lo sería.

       —Te voy a hablar con franqueza, hija. Sean es piloto y bastante poco me gusta, pero es mi primogénito y tenía 20 años cuando tomó la decisión. Los aviones son el signo de los tiempos y tragué con ellos. Tú eres mi hija pequeña y estás sujeta a mi autoridad. Además, la mera idea de una aviadora es ridícula. Una Gallagher no tiene derecho a hacer el ridículo pretendiendo entrar en un campo que tiene vetado.

       —¿Me vas a volver a dar con el cinturón? —la mirada de Anne refulgió.

       —No —su padre seguía tranquilo, y eso de algún modo era peor—. Me basta con prohibírtelo. Eres una buena hija y no me desobedecerás.

       —¡Pues para que lo sepas, hay muchas mujeres piloto! —Anne estalló—. ¡Y yo podría hacerlo igual de bien que ellas!

       Subió por las escaleras hacia su habitación, y volvió a bajar con el libro de los aviones. Se lo dio a su padre.

       —¿Qué es esto? —por primera vez desde que habían empezado la conversación su padre pareció confundido.

       —Un libro sobre aviones. ¡Pregúntame lo que quieras de lo que se dice dentro! ¡Lo que te apetezca! Y luego verás si puedo o no ser piloto.

       —¿Es tuyo? —le preguntó, entornando los ojos.

       —¡Pues claro que es mío! —inmediatamente después de decirlo, supo que había sido un error.

       Su padre se levantó del sillón y se acercó a la chimenea. Anne, con un grito, corrió detrás de él, pero la apartó de un manotazo. Antes de que pudiera reaccionar, su padre echó el libro al fuego. Anne cogió un atizador. Quizás podría salvar parte antes de que ardiera, a lo mejor era capaz de…

       No pudo hacer nada. Su padre le quitó el atizador de la mano y le cruzó la cara de un bofetón. Estaba furioso.

       —¡Desobedecerme así, en mi propia casa! ¡Te dije que no quería volver a oír nada sobre ese tema!

       —¡Pero padre…! —el libro ya ardía por los cuatro costados.

       —Se acabó la tontería de los aviones. ¡Ni una palabra más! Mi hija no ensuciará mi apellido poniéndose a conducir esos trastos. ¡Pues estaría bueno!

       —Pero las otras mujeres piloto… —Anne lloraba como no recordaba haberlo hecho desde aquella noche, siete años atrás, en que el cinturón había hablado.

       —¡Creeré que existan cuando tenga a una en mi salón tomando el té!

++++++++++

       De nuevo fue su madre la que consoló a Anne. Pero esta vez la joven no se calmó, sino que empezó a darle vueltas a la idea de escaparse de casa. Le escribió una carta a Sean, que le mandó todo su apoyo y algo de esperanza. Su hermano no se atrevía a rebelarse contra su padre, pero entendía sus deseos. En la carta le hablaba de una aviadora que se estaba haciendo muy famosa, una tal Amelia Earhart, y se mostraba de acuerdo en que Anne podría emular sus proezas. Le mandó incluso un recorte de un periódico donde aparecía una foto de la señora Earhart. Anne lo guardó en su joyero.

       El proyecto de irse de casa fue cobrando forma. Cuando Sean volvió a casa para celebrar la Navidad de 1931 y su ascenso dentro de la RAF, le dio bajo mano un sobre con unas cuantas libras. “Para tu independencia”, le dijo con una sonrisa. Su padre parecía que no sospechaba nada. Después de quemarle el libro se había limitado a ignorarla, y eso favorecía sus planes. Anne se prometió que, antes de un año, estaría a los mandos de un avión de entrenamiento.

++++++++++

       Terminó el invierno, llegó la primavera, y un sábado de mayo Anne salió al campo con su padre. La granja era cada vez más próspera, pero pese a ello el padre seguía trabajando él mismo en la explotación y obligando a sus hijos a hacer lo mismo. Aquella era la primera vez que se quedaba a solas con Anne desde la quema del libro, y el momento era tremendamente incómodo. Iban los dos por la carretera, en el coche que su padre había comprado cuatro años antes, sin hablarse.

       De repente, cuando ya estaban en las tierras de su propiedad, Anne oyó algo. Era un segundo motor, que lentamente se imponía al ruido del automóvil. Volvió la cabeza a derecha y a izquierda, pero no había nada. Y entonces miró hacia arriba.

       Un punto en el cielo, cada vez más grande, se acercaba a ellos. Por un momento pensó que sería su hermano, pero en cuanto pudo distinguir el contorno del avión vio que era imposible. Aquello no era un sobrio avión militar, sino una aeronave civil de color rojo. Un Lockheed Vega, podía jurarlo. Y estaba haciendo una maniobra de aterrizaje.

       —¡Allí, papá, va a aterrizar en los campos! —dijo Anne, emocionada.

       —¡Sí! —respondió su padre—. En mis campos. ¡Espero que no espante a las vacas! —y con un volantazo enfiló hacia el punto donde iba a aterrizar el aparato.

       Cuando llegaron, el Lockheed Vega ya había tomado tierra. El que parecía su único tripulante, envuelto en capas y capas de ropa y con un casco que le tapaba toda la cabeza, había salido y les miraba confundidos. Cuando su padre paró el coche, el aviador preguntó:

       —¿Dónde estoy? —su voz era ronca pero poco masculina. Anne se emocionó. ¿Y si…?

       —En el pastizal de Gallagher —respondió su padre—. ¿Vienes de muy lejos?

       —¡De Estados Unidos! —dijo el aviador, riendo.

       Se quitó el casco. Su padre abrió la boca como si estuviera ante una aparición mariana. El pelo corto de la aviadora, liberado de su prisión, se colocó en su lugar. La mujer inspiró el agradable aire irlandés y miró a derecha y a izquierda. Luego sonrió, con un gesto que Anne conocía muy bien: veía esa sonrisa cada vez que abría su joyero.

       La aviadora les miró, confundida. ¡De Estados Unidos! ¿Acababa de atravesar el Atlántico? Probablemente un grupo de políticos, una multitud de espectadores y una banda de música la esperaban en algún lugar cercano, quizás en Derry. Pero aquello podía esperar. Para Anne, no había nada más importante que la pregunta que iba a plantear. Se bajó del coche, se acercó al Lockheed Vega y dijo:

       —¿Quiere usted venir a nuestra casa, señora Earhart? Seguro que podemos prepararle una taza de té.

++++++++++

       El 20 de mayo de 1932 la aviadora Amelia Earhart se convirtió en la primera mujer en sobrevolar el Atlántico en solitario. Incluso mejoró la marca de Charles Lindbergh, la única persona que había logrado antes de ella semejante viaje. El aterrizaje se produjo, efectivamente, fuera del punto previsto. El diálogo con el personaje que aquí es padre de Anne, incluyendo la mención al apellido Gallagher, es, hasta donde yo sé, un hecho histórico.

       Earhart fue una de las primeras mujeres piloto, y sin duda la más famosa, pero no la primera. El honor corresponde a la francesa Raymonde de la Roche, a la que Sean menciona de pasada durante el relato. En cuanto a Earhart, no es ésta su única hazaña. En 1934 voló de Hawái a California y de Los Ángeles a Ciudad de México. De hecho, Earhart desapareció durante otro de sus intentos de batir marcas: quería dar la vuelta al mundo en avión siguiendo la línea del ecuador. Si hubiera tenido éxito se habría convertido no sólo en la primera mujer en dar la vuelta al mundo sino en la persona que habría recorrido más distancia en un viaje de este tipo.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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