Dios en el Sinaí

1.

       Jacinta Aguirre era toda una señora. Si había una mujer en Madrid de la que pudiera decirse algo así, era ella. Mujer dignísima, de pura raza vasca, todo en ella resultaba apropiado. Era devota en su justa medida, sociable sin llegar a la locuacidad ni al chisme y caritativa sin desconocer los principios de economía doméstica. Gobernaba su casa como los grandes líderes dirigían las naciones: con mano de hierro en guante de seda. Sus hijos estaban bien educados, y su hija pronto estaría casada con un joven de buena familia que la cortejaba de forma honesta. Sí, estaba orgullosa. Su marido podía dedicarse a sus actividades políticas con la tranquilidad que da saber que tu casa está bien dirigida.

       El marido de Jacinta, Tomás Gorriti, era carlista. Ella lo era también, pero más por ósmosis que otra cosa. Si aquel día de abril de 1869 hubiéramos abordado a la pareja por la calle y le hubiéramos preguntado a ella qué era eso del carlismo, no habría sabido darnos una respuesta clara. Habríamos escuchado una retahíla sobre Dios, los derechos dinásticos y lo malo que es el progreso, dicha con notable ingenio pero sin profundidad.

       A don Tomás, por supuesto, la incultura política de su mujer le daba lo mismo. Era él quien debía conocer bien el carlismo, para poder defenderlo mejor de sus enemigos. Pertenecía a una generación intermedia. No había podido participar en la primera guerra porque era demasiado pequeño: justo cuando, a los quince años, pensaba en agarrar una escopeta y echarse al monte, se había acabado el conflicto. Años después, cuando heredó los viñedos de la familia, se dedicó a apoyar económicamente a la causa. Era su deber y su trabajo.

       Ahora don Tomás era un cuarentón totalmente ajeno al mundo militar y que vivía en Madrid ocho meses de cada doce. Su puesto no estaba entre las tropas que más pronto que tarde se amotinarían a favor de Carlos VII, sino en la capital ganando voluntades. Su palabra y su dinero tenían que trabajar a favor de la causa. Y eso es lo que explica por qué su mujer y él estaban, aquel día de abril de 1869, dirigiéndose al Congreso.

       El Congreso era la diversión de moda. Si en tiempos de Isabel II las sesiones habían decaído (las decisiones importantes se tomaban en otra parte), ahora remontaban. Una nueva hornada de grandes oradores de todos los signos políticos, desde carlistas hasta republicanos, discutían para tratar de hacer una Constitución a gusto de la mayoría. Iban aprobando ya algunos puntos. Se sabía, por ejemplo, que España iba a ser una monarquía, aunque no bajo qué rey, y eso era lo que daba esperanza a los carlistas. Algunos artículos pasaban sin mayor discusión, mientras que otros sólo se aprobaban después de largas discusiones y componendas.

       El artículo que se debatía aquel día de abril era de esta clase. Trataba sobre la libertad de cultos. Don Tomás llevaba más de un mes hablando, con cualquiera que quisiera escucharle, del profundo error que iban a cometer los constituyentes.

       ―¡Nunca nadie se atrevió a tanto! ―peroraba don Tomás en los pasillos de su casa, en un discurso que era mitad desahogo mitad planificación de sus encuentros futuros con próceres del país―. ¡Ni la infame María Cristina, ni esa niñita mimada de Isabel II, ni siquiera ese maldito Narváez, así se lo lleven los demonios!

       ―Sí, querido ―Jacinta asentía y bordaba, conocedora de sus deberes pero sin entender la furia de su marido.

       ―¿Sabes lo que significa libertad de cultos, Jacinta querida? ¡La impiedad, eso significa! Quiere decir que los mahometanos o los protestantes… protestantes como los ingleses, fíjate bien lo que te digo, como los ingleses ―y elevaba la voz para que su mujer se hiciera cargo de la magnitud de la ofensa―, ¡podrían abrir aquí, en Madrid, sus templos paganos! ¡Aquí! ¡En Madrid!

       ―Eso no estaría bien, Tomás ―Jacinta seguía bordando. Las réplicas le salían ya de forma automática. Aunque hubiera querido decir otra cosa, su marido jamás la habría escuchado.

       ―¡Y dicen que el nuevo régimen no ataca al catolicismo, que no ataca a España, que no ataca a los profundos y sencillos cimientos de la fe de los españoles! ―don Tomás se sentía muy orgulloso de esa frase y la procuraba sacar siempre que hablaba del tema.

       ―Qué barbaridad, Tomás ―Jacinta había llegado a apreciar aquellos momentos. No entendía una palabra de las divagaciones de su marido, pero le gustaba estar con él.

       ―Pero no lo vamos a permitir, ¿me oyes, Jacinta? ¡No lo permitiremos! Pues buenos estaríamos nosotros si dejáramos que la Constitución pusiera por escrito esas cosas tan feas.

       ―Claro que no, querido.

       Por primera vez en toda la conversación, don Tomás miró a Jacinta.

       ―Mira, estos días se está debatiendo en el Congreso ese artículo impío. El encargado de defender nuestra causa es Manterola, un canónigo dignísimo y que habla muy bien. ¿Te gustaría venir conmigo al Congreso y escuchar su discurso?

       Jacinta no era una ingenua. No entendía una palabra de las doctrinas carlistas, pero sabía a qué se dedicaba su marido. Uno de sus trabajos era llenar la tribuna de invitados del Congreso de los Diputados con personas afines a su cuerda ideológica, para apoyar a los oradores en puntos complicados. Siempre que lo conseguía volvía a casa ufano y muy orgulloso de sí mismo. Cuando los agentes progresistas se le adelantaban, sin embargo, regresaba echando chispas. Aquella vez lo había logrado. Y no sólo eso, sino que por la importancia del tema a tratar, no estaba invitando a los ganapanes habituales sino a señores de mucho peso y dignidad.

       A Jacinta no le apetecía ir al Congreso. Al contrario que algunas de sus amigas, que eran habituales y comentaban siempre lo último que habían visto, lo bien que hablaba Fulano y lo mal que vestía Mengano, ella sabía que aquél no era sitio para una señora. La política no le interesaba ni poco ni mucho. Eso era cosa de su marido. Pero como esposa su deber era obedecerle. Además, sería un cambio agradable que ella la llevara alguna vez de paseo, aunque fuera como parte de sus obligaciones. Últimamente sentía que el tedio la consumía, que no tenía nada que hacer por las mañanas ni por las tardes, y que sus amistades le resultaban insulsas.

       Por esa última razón, cuando abrió la boca para aceptar la oferta de su marido su sonrisa era sincera.

2. 

       El palco de invitados del Congreso estaba a rebosar. Hombres elegantes, sacerdotes, señoras de la buena sociedad, militares… todo el carlismo de Madrid había venido a ver el discurso de Manterola. Jacinta y su marido se sentaron en primera fila. Debajo, en el hemiciclo, la sesión aún no había empezado. Algunos diputados estaban ya en sus asientos; otros entraban y salían de la sala o se incorporaban a uno de los múltiples corrillos. La tribuna del presidente seguía vacía, y hasta que no se llenara no podría hacerse nada.

       Don Tomás señalaba a los diferentes personajes:

       ―Mira, Jacinta, ése que se encuentra ya en su asiento, solo, es Cánovas. Defiende como rey al hijo de la niñita malcriada, pero nadie le apoya. Y aquel que acaba de entrar, rodeado de un corrillo de aduladores, es Prim. Me habrás oído hablar de Prim, ¡maldito sea!

       ―Maldito sea, pero ojalá tuviéramos un Prim en nuestro bando ―intervino un sacerdote que estaba sentado al lado de don Tomás.

       ―No diga eso, don Wilfredo. Creo que los méritos de Prim están muy sobreestimados. Le contaré… ―y don Tomás se enfrascó en conversación con el amigo.

       Jacinta observó a los diputados. Aquello era un circo, o quizás un patio de colegio. El tal Prim le parecía un pavo real, y sus admiradores tenían la falsedad en sus caras. Los corrillos de diputados parecían hechos más para divertir a los espectadores que para lograr ponerse de acuerdo en algo. Si aquello era el tan cacareado Parlamento, le merecía una opinión muy negativa.

       ―Ya viene Rivero, ya viene… ―el rumor se extendió por el palco de invitados. Don Tomás y su amigo dejaron de hablar y miraron al frente. El rumor también había llegado al hemiciclo; los diputados se dirigían ya a sus asientos.

       El presidente de las Cortes, Nicolás Rivero, entró sosteniendo unos papeles y se dirigió a su asiento. Poco a poco los diputados se fueron callando. Rivero comprobó una última cosa en el papel que tenía entre manos y se dirigió a la Cámara.

       ―Se abre la sesión del 12 de abril de 1869. Tiene la palabra el señor Manterola, en contra del proyecto de Constitución.

       Manterola era un hombre bajito, que no hablaba mal. A Jacinta le gustó cómo empezaba su discurso. Habló del caos en el que se precipitaría España si el proyecto de Constitución salía adelante, y luego rebatió a un tal señor Castelar, que al parecer había acusado el día anterior a la Iglesia católica de no sé qué impiedades relativas a la matanza de judíos y al freno de las ciencias. Cada vez que el orador subía el tono de voz para señalar algún punto importante, los carlistas que rodeaban a Jacinta proferían murmullos de asentimiento. Cuando dijo que Castelar “había ido a Roma pero no había estado en Roma”, don Wilfredo dejó escapar una risita.

       ―¿Quién es Castelar? ―le susurró a su marido. Don Tomás le miró con una leve expresión de sorpresa, pero le contestó.

       ―No sabía que estabas siguiendo el discurso… las señoras no suelen hacerlo. Castelar es un impío, que quiere que en España no haya ni rey, ni religión ni nada.

       Manterola seguía hablando. Había pasado ya a criticar el proyecto de Constitución. Le parecía mal la soberanía nacional, la libertad de imprenta e incluso, por lo que Jacinta pudo entender, que el Estado se obligara a mantener al clero católico.

       ―Ahora viene el plato fuerte ―dijo don Wilfredo con ironía.

       En su escaño, Manterola atacaba ya la libertad religiosa. El cuadro de horrores que pintaba el orador sobrecogió a Jacinta en un principio. Pero luego, cuando siguió adelante, el efecto se perdió. Las pinturas trágicas eran excesivas, impostadas. Jacinta torció el gesto.

       ―Y bien, señores diputados: viene aquí el mahometano y toma muchas mujeres a la vez, y abandona a su esposa y a sus hijos del anterior matrimonio. “Debería demandársele a los tribunales”, diréis; pero ¿dónde están los tribunales si el nuevo creyente, en virtud de su nueva fe, ha roto ya el vínculo matrimonial? Y si se levantan nuevos templos a mentidas deidades y nuevas pagodas a los dioses, ¿en virtud de qué derecho podréis vosotros oponeros a que tanta aberración se lleve a cabo en España? En virtud de estos principios, ¿no se ha llamado admisible la teoría del ateísmo?

       El orador subió el volumen. El discurso estaba en su punto culminante. Dijo que la libertad de cultos era un mal, que España era católica, que los patriotas españoles siempre lo han sido. Habló de la pujanza del catolicismo en el mundo, de su fuerza en España y de las locuras del liberalismo. Y, en un último párrafo que retumbó en la Cámara, terminó:

       ―Señores diputados, yo creo que si la España, que si nuestra desventurada patria tiene la desgracia inmensa de dejarse fascinar por el brillo de unos bienes temporales que no vendrán; que si tiene la desgracia de lanzarse en los descarnados brazos del libre-cultismo ese día la España de los recuerdos, la España de las antiguas glorias ha muerto, ese día el Ángel exterminador habrá congregado sus frías cenizas, las habrá amontonado en la tumba inmunda del olvido, y sobre la tierra de aquel sepulcro desconocido escribirá con caracteres de fuego: Aquí yace un pueblo apóstata, que renegó de sus bienes eternos por alcanzar los temporales y se quedó sin éstos después de haber perdido aquellos.

       Aplausos moderados en el hemiciclo y fuertes en el palco de invitados. Jacinta se unió a su marido y a los amigos de éste. Sin embargo, el discurso no le había gustado. Al principio le había gustado, sí, con todas esas referencias históricas. Pero luego la sensación de hallarse en un teatro se había incrementado. Manterola era buen actor, pero aquello no dejaba de ser un papel. La patria desgarrada, los mahometanos repudiando a sus esposas, los sacrificios humanos que el orador había llegado a insinuar y finalmente la destrucción de España. Aquello no cuadraba con lo que ella veía todos los días.

       Manterola se sentó y otro señor se levantó para responderle.

       ―Mira, Jacinta, ése es Castelar.

       ―¿Tenemos que quedarnos a verlo, Tomás? Estoy algo fatigada…

       ―La cortesía es la cortesía, Jacinta ―le reprendió su marido―. Hay que quedarse, aunque sea para oír tonterías e impiedades.

       Jacinta se revolvió en su asiento y trató de ponerse cómoda. Se preparó para el acto segundo de aquella representación que tanto le fastidiaba. Pero entonces Castelar tomó la palabra y todo cambió.

       Castelar no era un actor. Castelar hablaba con fuerza, con convicción y desde el corazón. Las imágenes que proyectaba no eran abstractos horrores futuros, sino vivencias suyas o datos del pasado. En su discurso, más corto y mucho mejor estructurado, se rebatían todos y cada uno de los puntos que había tocado Manterola. Razonó que la religión no podía imponerse por el poder del Estado, lo que provocó intensos murmullos en el palco. Dijo además que aquello era más conveniente, porque se respeta más la religión donde no es una obligación legal. Citó la Biblia y preguntó con ironía que si el Estado español tenía religión, en qué punto del valle de Josafat estaría su alma el día del Juicio Final. Jacinta se descubrió asintiendo con la cabeza.

       El orador alzó la voz. ¿Era ya el final del discurso? Lo era. El Congreso se estremeció mientras Castelar lanzaba su arenga final:

       ―Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan. Pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres.

       Jacinta nunca había visto una ovación tal. Los correligionarios de Castelar le aplaudían, pero no sólo ellos. Algunos diputados del otro lado de la cámara cruzaban el hemiciclo para estrecharle la mano. El propio Manterola, aunque tenía el ceño fruncido, aplaudía con moderación. El único sitio donde el discurso no había impactado era en el palco de invitados. Los carlistas se levantaban para irse con expresiones ofendidas.

       Cuando Jacinta salió del Congreso no era la misma mujer que había entrado. Algo se había trastocado en su interior. Las ideas de Castelar bullían en su cabeza y se conectaban unas con otras. Volvió a su casa distraída, sin enterarse del paseo. Y cuando su marido la dejó sola hizo algo que jamás había hecho: entró en la habitación de su hijo mayor y se dirigió al armario donde guardaba sus libros. Tomasito estudiaba Derecho, y era un lector voraz de cuantos libros sobre política se publicaban. Había muchos en francés y unos pocos en inglés, idiomas que Jacinta no entendía, pero la mayoría estaban en español.

       Dudó. Tocar los libros de su hijo le parecía mal, como una falta de respeto. Además, nunca había leído un libro, ni siquiera una de las novelas románticas que tanto gustaban a sus amigas. Temía no enterarse de nada. Y sin embargo… sentía como si las cosas que había dicho Castelar fueran semillas. Si se plantaban en la tierra adecuada podían crecer hasta lo alto. Pero su mente no era la tierra adecuada. Jacinta se sabía inculta, y nunca le había importado. ¿Para qué quería ella cultivar unas facultades que no iba a usar? ¡Mejor aprender a llevar una casa! Y sin embargo, ahora…

       Con resolución, tomó un libro que se titulaba Principios del derecho político, se dirigió al salón y empezó a leer.

3.

       Los siguientes meses fueron para Jacinta un riesgo y una revelación. Un riesgo, porque no quería que sus familiares la sorprendieran leyendo. Sólo lo hacía cuando estaba sola en casa. Por suerte, tanto su marido como sus hijos pasaban las mañanas fuera y muchas de las tardes también. Su hija estaba fuera de Madrid, con los abuelos, y por tanto tampoco era un peligro. Las criadas la vieron leyendo, claro, pero ellas no tenían el más mínimo contacto con la parte masculina de la casa.

       Y una revelación, porque descubrió que era más fácil de lo que creía. Se había enfrentado al primer capítulo de los Principios con miedo de no entender nada y lo había terminado en tres horas. Leía despacio pero con seguridad, parándose en los conceptos que no comprendía. Por dos veces volvió a la habitación de su hijo, una para buscar el diccionario y otra para coger una Enciclopedia de la política que su vástago siempre afirmaba que era utilísima. Lo era, y gracias a ambos libros de apoyo, cuando terminó el capítulo tenía en la cabeza un sistema donde encajar las nuevas ideas.

       Pronto la lectura sustituyó al tedio, y no fue consciente de hasta qué punto la agotaba éste hasta que no pudo compararlo con la vitalidad que le daba aquélla. Ahora se levantaba todas las mañanas feliz, sabiendo que tenía algo que hacer, algo útil e interesante. Su velocidad de lectura aumentó. Después de los Principios cogió un Manual para estudiar las ciencias humanas y puso en práctica sus consejos. Descubrió que aprendía mejor si tomaba notas y posteriormente las repasaba, y si repetía en alto los conceptos importantes. Pero había algo que le faltaba: la conversación.

       El manual recomendaba hablar con otros compañeros de estudio y discutir con ellos los temas para que se fijaran mejor y para pulir la propia opinión. Jacinta, obviamente, no tenía compañeros de estudio. Lo intentó con las criadas:

       ―Manuela, ¿qué opinas del imperio de los franceses? ¿Crees de verdad que van a tener una guerra con Prusia? Y tú, Anita, ¿qué piensas de la Constitución portuguesa? ¿Qué rey crees que nos pondrán?

       Las criadas, primero la miraron sorprendidas, luego empezaron a contestar “yo no sé de eso, señora” y finalmente aprendieron a rehuirla. Cuando la veían con un libro en las manos recordaban de pronto que tenían cosas muy importantes que hacer al otro lado de la casa. Lo mismo sucedió con sus amigas, que si al principio estaban divertidas y levemente escandalizadas por la nueva afición de Jacinta, pronto le hicieron saber que sus pretensiones intelectuales les cansaban.

       ¿Dónde podría encontrar a gente con la que debatir? ¿Dónde había personas que comprendieran sus argumentos, que le indicaran sus errores y que le recomendaran lecturas? ¿Era posible algo así? No tenía costumbre de ir a las tertulias, pero por lo que sabía éstas eran territorio casi por completo masculino. No creía que su marido le impidiera ir a alguna de las que celebraban sus amigos carlistas, pero ¿no se reirían de ella? ¿Tendrían razón sus amigas? ¿Resultaría ridícula y cansina una mujer intelectual?

       Jacinta consumió varias semanas en esas tribulaciones. Pero una tarde todo cambió. Estaba en el salón, componiendo unas piezas de ropa junto con las criadas, cuando se acercó Tomasito, vestido de etiqueta.

       ―Madre, ¿podrías escucharme? Esta noche doy un discurso en el club liberal del marqués de Zugaldía y, aunque no entiendas nada, quisiera que lo escucharas para que me digas qué tal aspecto tengo. Debo causar la mejor impresión si quiero que me admitan.

       Si el padre era un ferviente carlista, el hijo había salido liberal con tintes de progresista y algunos cacillos de demócrata. Aquello propiciaba muchas discusiones en el hogar familiar, que a veces terminaban con don Tomás llamando a su hijo “desagradecido” y con éste poniéndole de carcunda para arriba. En secreto, Jacinta estaba cada vez más de acuerdo con los argumentos de su hijo, por lo que rápidamente asintió. Quería ver a Tomasito defender aquellos ideales.

       ―Gracias, madre. El discurso lo traigo escrito en estas cuartillas. Verás, empieza así, dice: “¡Ya los antiguos fenicios…!”

       Jacinta notó cómo le costaba cada vez más mantener la cara de aprobación. Dos meses atrás no habría estado en posición de juzgarlo, pero ahora sí… y era muy malo. No sólo lo pronunciaba a trompicones, buscando nerviosamente la aprobación de su auditorio, sino que el texto en sí era horrible. Sin estructura ni buenos argumentos, parecía más una arenga callejera que una pieza oratoria propia de la buena sociedad. Si Tomasito lo llevaba a los salones de Zugaldía iba a hacer el ridículo más espantoso.

       El discurso terminó. Jacinta y las criadas aplaudieron cortésmente. Tomás estaba pletórico.

       ―¿Os ha gustado? ¿Qué tal parezco, madre? ¿Lo haré bien?

       ¿Qué hacer? ¿Corregir el discurso y desvelar así sus lecturas… o dejar que su hijo hiciera el ridículo? En un segundo se decidió. Una madre era una madre, al fin y al cabo.

       ―Me ha gustado mucho, Tomasito. Lo único… estarías mejor si te pusieras más recto y pronunciaras las palabras de forma más clara.

       ―¡Muchas gracias, madre! Así lo haré.

       ―Y, una cosa, sobre el contenido… ¿por qué no citas a Argüelles?

       ―¿Eh? ―la inesperada referencia hizo que la sonrisa se congelara en la cara de su hijo. Era el último momento para fingir ignorancia. Pero había llegado la hora: Jacinta, sin mirar a su hijo a los ojos, siguió hablando.

       ―Argüelles, en el discurso en el que defendió la Constitución de 1812, defendió la soberanía nacional diciendo que no había que preocuparse, que el pueblo seguiría eligiendo como diputados a los mejores, que en aquel momento eran los nobles. Si quieres defender el sufragio universal, ¿por qué no usas ese argumento? ―las criadas contuvieron el aliento―. Ah, y otra cosa… deberías lanzarle alguna pulla al duque de Montpensier, para que tu auditorio se ría… de él… y te aplauda.

       Su hijo la miraba de hito en hito, como si estuviera oyendo hablar a una piedra o algo igual de absurdo. Jacinta escuchó como Anita, temiéndose una discusión, se levantaba de la silla y huía hacia la cocina.

       ―Pero madre… ¿cómo sabes tú todo eso?

       Y Jacinta confesó. Dijo que llevaba meses leyendo los libros y papeles de su hijo y formándose en una amplia variedad de temas. Dio pruebas de que conocía la actualidad política al dedillo. Y pidió a su hijo que le escuchara. En un momento dado se echó a llorar. Tomasito no podía creerlo. Jacinta podía ver que se debatía entre el respeto que le debía a su madre y su deseo de gritarle que de eso ella no entendía, que dejara en paz sus papeles. No pudo resolver el conflicto. Casi corriendo, huyó del salón en dirección a su cuarto, cogió la chistera y salió por la puerta de la casa.

       ―Increíble… inaudito… ―le oyó murmurar Jacinta antes de que desapareciera.

4.

       Aquella noche Jacinta se acostó pronto. Su marido no vendría a dormir; últimamente se pasaba las tardes y las noches con sus correligionarios, buscando desesperadamente conseguir apoyos que permitieran a Carlos VII ser nombrado rey de España. Jacinta lloró hasta quedarse dormida, pero poco después sintió que la puerta se abría y oyó los pasos de su hijo por el pasillo. Se dio la vuelta en la cama, creyendo que Tomasito se limitaría a meterse en su cuarto, por lo que los golpes en su puerta la sorprendieron. Su hijo llamaba quedamente.

       ―Madre… ¿duermes?

       ―No… espera que salgo ―se levantó de la cama, se vistió de manera decente y abrió la puerta.

       Su hijo había ido al salón y la esperaba sentado en uno de los sillones. Jacinta se sentó en otro.

       ―¿Qué tal ha ido el discurso…?

       ―Te hice caso ―dijo su hijo mirando al infinito, como si no acabara de creerse que estuviera pronunciando aquellas palabras―. Hablé de Argüelles y me reí de Montpensier. Fueron las dos cosas que más gustaron. Cuando acabé de hablar se me acercó Zugaldía, me dijo que lo de Argüelles había sido sagacísimo y me invitó a volver cuando quisiera. Gracias.

       ―Me alegro mucho, hijo ―la calidez le invadía.

       ―¿Llevas mucho tiempo leyendo mi biblioteca?

       ―Desde abril. ¿Te ha molestado?

       ―Sí… sé que ha habido mujeres letradas, como la famosa madame de Staël, pero mi propia madre…

       ―Ya ves lo que son las cosas, hijo. Me entró el gusanillo y descubrí que me gusta. Aprendo mucho.

       ―Pero ¿entiendes lo que lees? ―por primera vez en la conversación su hijo la miró directamente.

       ―¡Sí! Bueno… en su mayor parte. Hay cosas que se me escapan, claro ―terminó con modestia. La verdad era que cuanto más leía más fácil le era progresar.

     Quedaron unos minutos en silencio. El hijo fumaba lentamente. Finalmente dijo:

       ―Padre no lo sabe, ¿no?

       ―No, claro que no.

       ―Tiene que saberlo ―la voz de su hijo era la de quien acababa de tomar una decisión―. Puedes usar mi biblioteca, pero con esa condición. Un hombre tiene que enterarse de lo que pasa en su casa. ¿No crees?

       Jacinta agachó la cabeza. Le parecía justo. Su hijo siguió hablando.

       ―Si quieres se lo puedo decir yo.

       ―No, Tomasito, no hace falta. Yo misma lo haré.

       Y era cierto. A la mañana siguiente, en cuanto don Tomás entrara en su casa, Jacinta se lo diría. Al fin y al cabo no había estado haciendo nada malo, ¿no?

5.

       Don Tomás no fue de la misma opinión. A la mañana siguiente entró por la puerta, contento después de una noche en la que al parecer había adelantado mucho trabajo. Cuando Jacinta le confesó su falta (sin especificarle lo absurda que le parecía ahora la causa carlista) empezó a gritar como un descosido. Que cómo se le ocurría, que qué vergüenza que pretendiera ir de intelectual. Ella aguantó la bronca hasta el momento en que su marido lo comparó con tener un amante.

       ―¡En mi propia casa! ¡Y a mis espaldas, sin que yo me enterara! ¡Esto es una traición, un ataque a la honra de la familia! ―aquello fue demasiado. Entendía el derecho de su marido a enfadarse, pero esa reacción era excesiva. Su sangre vasca bullía cuando decidió contestarle.

       ―¡Bueno, Tomás, ya está bien! ―su marido le miró, con una cara de incomprensión muy similar a la que había puesto su hijo la noche antes―. ¡Sí, tendría que habértelo dicho, he hecho mal en callármelo y te sientes traicionado! Lo acepto y te lo concedo. Pero ya está bien. Seguiré leyendo, puesto que Tomasito me deja, y no hay más que hablar.

       ―¿Es que no voy a conseguir respeto ni en mi casa? ¿Qué tontería es ésta? Mi propia esposa, educándose y leyendo libros de política ―se rio con desprecio―. ¡Aquí mando yo, y si decido que los libros de Tomasito salen de casa, los libros de Tomasito salen de casa! ¿Está entendido?

       ―¡Bueno, el señorito! ―dijo Jacinta, con desprecio. Inmediatamente bajó el tono ―. Mira, Tomás, nunca te he pedido nada. Ahora te pido que me dejes leer. Es un pasatiempo que a mí me entretiene más que el paseo con las amigas o que ir al teatro. Y no hago daño a nadie: ¿has notado que la casa esté peor, más desarreglada?

       ―Eso… eso hay que reconocerlo ―murmuró don Tomás―. No, la casa está como siempre.

       ―Entonces, ¿qué más te da? Cumplo con mis deberes de esposa y madre. ¿Querrás perdonarme esta pequeña excentricidad?

       Jacinta conocía a su esposo. Había saltado con agresividad ante la tontería aquella del ataque a la honra, pero conseguiría mucho más fácilmente el permiso con ruegos y humildad. A ello se aplicó. Además, no mentía: no había quitado un solo minuto de sus tareas del hogar para dedicarlo a sus lecturas. Su marido parecía indeciso.

     ―¿Me concederás el capricho? Nadie tiene por qué enterarse. Ni siquiera tú tienes que saber lo que leo. Comentaré mis lecturas con Tomasito y con nadie más. Con eso quedarán saciadas mis ansias de conversación. Nunca te daré la lata con este asunto.

     ―¿Seguro?

     ―¡Seguro! ¿Qué libro podría perturbarme tanto como para pretender lo contrario? Sé cuál es mi papel, Tomás, y además te conozco desde hace años. No pretendo enfrentarme a ti ni cuestionar tu autoridad doméstica. Quédate tranquilo ―Jacinta era sincera. Además, su esposo no era muy leído. ¿Qué provecho sacaría de comentar con él ninguna lectura?

       ―Está bien, accedo. Puedes leer lo que quieras y comentarlo con Tomasito… con una condición ―aquella coletilla cortó la sonrisa que ya empezaba a formarse en la boca de Jacinta.

       ―La que quieras, Tomás. ¿Qué condición?

       ―Nada de tratados de política, ni de economía, ni de derecho ni de otras materias difíciles. A partir de ahora sólo leerás libros escritos por mujeres.

       Jacinta fue a replicar. ¡Aquello era intolerable! Todos los libros que leía estaban escritos por hombres. ¿Qué mujer escribía libros que no fueran novelitas baratas? Pero los ojos de su esposo no le dejaban derecho a réplica. Bajó la mirada, humilde.

       ―Está bien, Tomás. Sólo libros escritos por mujeres ―quizás cuando pasara el tiempo podría obtener su licencia para ampliar el catálogo, pero de momento tendría que conformarse.

6.

       Estaba sola en casa. Su hijo apenas tenía libros escritos por mujeres, pero le había hecho el favor de buscarle algunos, a ser posible que no fueran novelas. Había vuelto de la librería con un corto panfleto que firmaba una tal Concepción Arenal. Se llamaba La mujer del porvenir y Tomasito no sabía de qué iba. Sola en casa, empezó a leer:

       El error, tarde o temprano, acaba por limitarse a sí mismo, y la primera forma de su impotencia es la contradicción: si quisiera ser lógico, se haría imposible. La humanidad, que puede ser bastante ciega para dejarle sentar sus premisas, no es nunca bastante perversa o insensata para permitirle que saque todas sus consecuencias: le opone su razón, sus afectos o sus instintos, y él transige; podemos estar seguros de que donde hay contradicción hay error o impotencia.

       Aplicando esta regla al papel que la mujer representa en la sociedad, por la falta de lógica del hombre, vendremos a convencernos de su falta de razón primero, y de justicia después.

       Aquella introducción le intrigaba. ¿El papel que la mujer representa en la sociedad? ¿A qué se referiría? ¿Qué era todo aquello de la contradicción y el error? La verdad es que Arenal había logrado despertar su curiosidad.

       Y lentamente Jacinta Aguirre fue pasando páginas y sintiendo, una vez más, cómo todo en lo que siempre había creído se derrumbaba como un edificio viejo.

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       En el presente relato se tratan dos hechos históricos. El primero, que efectivamente pertenece al mes de abril, es el debate entre Manterola y Castelar acerca de la libertad religiosa. Castelar es uno de los oradores más reconocidos de la historia política española. Republicano conservador, estaba férreamente en contra de la dinastía de los Borbones y a favor de los derechos individuales. El discurso que en este relato impacta tanto a Jacinta fue todo un éxito en su época.

       Podéis encontrar aquí el discurso de Manterola y aquí el de Castelar.

       El otro hecho histórico, también perteneciente al año de 1869 (pero no sé a qué mes) es la publicación de La mujer del porvenir, uno de los primeros textos de feminismo escritos en español. La autora, Concepción Arenal, es todo un personaje: logró sacarse una licenciatura en Derecho yendo a clase vestida de hombre, fue visitadora de Cárceles de Mujeres, escribió ensayos sobre diversos temas y polemizó con los penitenciaristas más destacados de la época.

       El feminismo de La mujer del porvenir es extraño. Por un lado es tremendamente adelantado: identifica el tedio como problema específico de las mujeres (peor incluso que el dolor) un siglo antes de que Betty Friedan hable del “malestar sin nombre”. Por otro, considera a la mujer moralmente superior al hombre, en un rasgo de sexismo benevolente que hoy no tiene mucho sentido: en consecuencia, está en contra de permitirle ejercer autoridad, participar en la política o incluso votar. Evidentemente, y como en casi todas las obras de raíz ilustrada, cifra todas sus esperanzas en la educación.

       Aun así, la obra (que le surgió a Arenal cuando acudió a cubrir para la prensa unas conferencias sobre la situación de la mujer que se celebraron en Madrid) merece la pena y recomiendo su lectura.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

 

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2 comentarios en “Dios en el Sinaí”

  1. ¿Se puede enamorar uno de un relato? Porque si es así me he enamorado de este.

    He entrado aquí desde el otro blog, después de un tiempo postergando leerte (ay, yo y la procrastinación) y bueno, antes he leído los anteriores, que me han gustado muchísimo, pero este me ha encantado.

    He comenzado a leer con cierta curiosidad suspiecaz (admitía que no sabía por dónde ibas a sacar a Jacinta), que se ha ido convirtiendo en una tremenda fascinación conforme avanzaba el relato. En un par de puntos he adivinado lo que iba a suceder (cuando se desmuestra que escuchaba el discurso, cuando su marido le obliga a leer cosas solo escritas por mujeres), pero la verdad es que eso no le ha restado enganche. La forma en la que lo escribías y el propio personaje de Jacinta me han gustado tanto que me sobraba para seguir leyendo.

    Admito que tenía un poco de miedo de cómo iba a reaccionar don Tomás, la verdad xD. Y al principio me ha sorprendido la reacción de su hijo, aunque luego he caído en que es bastante lógica. Por muy liberal que sea en 1866 todavía quedaba bastante para un verdadero auge del feminismo.

    Me habría encantado saber cómo impactaba ese feminismo temprano en Jacinta, y en su propio hijo, dada la posibilidad de que su madre le comente el libro.

    ¿Solo escribes realismo? Alguna vez me ha parecido leerte hablando de cosas de fantasía que escribes, pero ahora mismo no estoy seguro.

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    1. Ay, mil gracias (*enrojece*). Cuando escribo realismo intento ser todo lo verosímil que puedo: el hijo de Jacinta es un liberal de finales del siglo XIX, lo que quiere decir que probablemente es un poquito ateo (nivel “escandalizar a los padres”) y poco más. ¿El feminismo? Mamá es una señora inculta que está para cerciorarse de que la cena está en la mesa y mi levita queda planchada y para admirarse de lo listo que soy.

      No sólo escribo realismo, pero en este blog publico sólo entradas de mi reto: un relato al mes, sobre un hecho histórico que haya sucedido dicho mes. No siempre es fácil encontrar cosas, te diré xD

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