El trato (y II)

Publico hoy las partes 2, 3 y 4 de mi relato de marzo. La primera parte se puede leer aquí.

2.

       Salí de allí con la sensación de haber hecho un trato con el diablo. Por supuesto no había hecho trato alguno, pero la oferta estaba ahí, aguardándome. Y lo cierto es que la tentación era demasiado fuerte. Mis contactos en el partido progresista lo habían hecho depender todo de que lograra ese encargo. Si lo conseguía, el nombramiento estaría en mi mesa a la semana siguiente. Si no, probablemente nunca lo tendría.

       Pero Rocío y yo habíamos hecho planes. La amaba, o eso creía. Nunca había sentido por nadie algo como lo que sentía por ella. Casarnos, vivir juntos, tener hijos, ser felices… ésa era toda mi aspiración. Yo, un hombre rutinario, enemigo de aventuras, sólo quería una casa en Madrid y una esposa amante. Rocío podía darme todo esto.

       Y sin embargo, algo en mí me impulsaba a aceptar el trato. Me senté en un ventorro y pedí un vino para ayudarme a reflexionar. Mi placita en un Ministerio era todo mi futuro. Había llegado a Madrid procedente de Valencia con el objetivo de medrar en la política. No tenía tierras, no tenía oficio, no tenía empresas. Sólo las promesas de Prim: un destino bien remunerado a cambio de convencer a mi amigo. Ése era el trato, sin vuelta de hoja. Si no lo cumplía, podía olvidarme de los progresistas. Por un momento pensé en arrimarme a la Unión Liberal, a los alfonsinos, a los republicanos o incluso a los carlistas, pero mi alma se sublevaba contra aquella idea. ¡Yo era progresista! Además, y rebajándome a un nivel más práctico, ni aquellas causas tenían demasiadas oportunidades de triunfar ni aceptarían fácilmente a un advenedizo como yo.

       Pedí y pagué otro vaso de vino, y luego un tercero. Los pensamientos se hilvanaban ya con más claridad. Demos un paso adelante: suponiendo que hago lo que debo hacer, que mando a Esteban a freír monas y me quedo sin destino, ¿querrá Rocío casarse conmigo? Creía que ella sí, pero ¿y sus padres? Imposible. Y aunque lograra vencer la resistencia de don Pedro y doña Onésima, ¿qué vida le podría dar a mi amada? Pobreza, miseria, amargura, infelicidad… y al final odio. De entre los vapores del vino surgió una imagen: Rocío, con diez años más, gritándome que debería haberse casado con Esteban, llamándome inútil, abandonándome. ¿Podía acaso culparla?

       No había elección. ¡No la había, maldita sea! O aceptaba la propuesta de Esteban y conseguía mi carguito, o la rechazaba y me quedaba sin nada.

       Terminé mi cuarto vino, lo pagué y, sintiéndome después de todo como escoria, me dirigí a casa de Rocío.

       Ahorro describir la patética escena que vino después. Su cara, primero alegre y sorprendida por verme a una hora tan desusada, mutó hacia la extrañeza al verme borracho y hacia la incredulidad más absoluta cuando le rompí el corazón. “Que no quiera volver a hablarte”, me había dicho Esteban, y yo, desgarrándome por dentro, cumplí. Le dije que todo era un juego, que me había divertido mucho con ella pero que teníamos que romper. Insinué que seducirla no había sido más que una apuesta. Afirmé que jamás la había querido. Y, finalmente, ante sus lágrimas, rematé con estas palabras:

       —¡Rompo, sí, claro que rompo! ¡Nunca me verás más! Mis padres me han arreglado un matrimonio con nada menos que una condesa. ¿Para qué te quiero ya? ¡Ella sí que me hará feliz!

       Sus ojos se aceraron de repente. Se secó las lágrimas y me espetó:

       —¡Así que eso era! Por un momento creí que era verdad que nunca me habías amado. ¡Puedes ahorrarte todas esas tonterías sobre apuestas y diversiones! ¡No me las creo! Tú me amaste, Manuel; yo lo sé, tú lo sabes y cualquiera que te conozca lo sabe. ¡Pero te amas mucho más a ti mismo, amas mucho más tu posición, amas mucho más a eso que los novelistas llaman “la sociedad”!

       “¡Vete a casarte con tu condesa! ¡Venga, asegúrate un puesto en el mundo! Sólo sabes hablar de eso: de destinos, de colocaciones, de alternar con los grandes… ¡y ahora lo vas a conseguir con un matrimonio! Qué estúpida he sido al pensar que yo, que el amor que te tengo o que el amor que tú me tuviste iban a interponerse entre tú y tu ascenso. ¿Eres capaz de pensar en otra cosa? ¿Eres capaz de concebir que las mujeres no somos cartas que jugar en tu carrera hacia ser ministro?

       “Yo habría sido feliz contigo aunque no hubiéramos tenido más que pan para comer. Nunca me han gustado los lujos. Además, mi padre siempre te habría amparado. ¡Dicen en las novelas que el amor todo lo puede, que redime, que salva! Yo no lo creo; he visto demasiadas veces cómo fracasa esa doctrina. Pero nunca habría pensado que me iba a pasar a mí. He sido una tonta. ¡Pretendí curarte de tu ambición, de esa ambición que se ve a la legua, mediante el cariño y el amor! ¡Ilusa de mí!

       “Y ahora vete, ambicioso. ¡Vete, cobarde, que has necesitado vino para venir a cortar conmigo! ¡Márchate de mi casa, ve con tu condesita, ve a tus fiestas en palacio y a tus entrevistas con los ministros! No quieres otra cosa, ¿no? Ya se ve, no te importa dejar a tu paso un reguero de cadáveres, de muchachas tontas muertas de amor por ti. ¡Pues que te aproveche!

       Sus palabras me hacían enrojecer de vergüenza como si fueran bofetones. Quise hablar, decirle que tenía razón, que todo había sido una sarta de mentiras, que no había condesa. Contarle la verdad. Echarme a sus pies y suplicarle, renunciar a todos mis sueños, implorarle perdón por haber jugado con ella, incluso pedirle que se casara conmigo. Pero la boca no me respondía, las piernas me temblaban y sus ojos rebosaban odio. ¿Perdón? ¿Cómo iba a perdonarme? Lo había hecho bien, lo había hecho maravillosamente bien. Rocío me despreciaba con toda su alma.

       Salí de aquella casa escoltado por uno de los criados, un hombre gigantesco que siempre me había tratado con respeto pero que aquella vez estuvo a punto de empujarme escaleras abajo. Cuando estuve al aire libre mis ideas se aclararon. Ya estaba: la traición se había consumado. Era el momento de acudir a El ciudadano a recoger mi pago.

       Caminé por Madrid centrado en mis pensamientos, en mi dolor y en mi futuro. Quizás por ello no noté que los corrillos que se reunían para comentar las últimas noticias eran más grandes de lo habitual.

3.

       Mi plan era llegar a la sede de El ciudadano y esperar, sentado en el despacho del director, a que mi amigo volviera de seducir a la tal Virginia. Pero no hizo falta. Un tumulto de periodistas, vendedores, policías de paisano y cotillas de todo pelaje se amontonaban en la planta baja. En el piso de arriba, Esteban daba órdenes con voz de capitán general. Apenas me vio, bajó la escalera con un trotecillo y me llevó a su despacho.

       —¡Chico, qué mala cara traes, ven conmigo! Te has enterado, ¿no? ¡Todo Madrid está conmocionado! Ven, bebamos algo… —yo era incapaz de entender su parloteo.

       —Está hecho…

       —¿Qué?

       —¡Está hecho, Esteban, está hecho! —grité con una furia que sólo sentía hacia mí mismo—. He cortado con Rocío. He tomado la peor decisión de mi vida, pero he cumplido: ella me odia. Ya puedes sacar un número especial apartándote de Montpensier.

       —Ah, eso… —su cara, que al principio había mostrado desconcierto, tenía ahora una mueca de preocupación—. Eso iba a hacerlo de todas maneras. No tendrías que haber ido… —dejó la frase sin terminar.

       —¡¿Cómo?! —vociferé, mientras le agarraba de las solapas de la levita—. ¿Cómo que ibas a hacerlo de todas maneras? ¡Explícame eso o te juro por Dios que…!

       —No te has enterado, ¿verdad? —se soltó y empezó a dar vueltas por la habitación—. No, claro que no, si sales ahora mismo de casa de… Dios mío, Dios mío. ¡Tendrías que haberte esperado a que se resolviera el duelo!

       —¡Habla claro, Esteban, habla claro! ¿Qué tiene que ver el duelo de Montpensier con este asunto?

       —Dios santo, me parece inverosímil que…

       —¡¿Qué?!

       —Ya ha sido el duelo. Las primeras noticias llegaron hace media hora. Era a primera sangre, y con pistolas de alma lisa. Apenas tienen precisión. Primero disparó Montpensier y no pasó nada. Luego el duque, y tampoco. Pero al tercer tiro, cuando le tocó a Montpensier de nuevo… amigo mío, Montpensier ha matado al duque de Sevilla. Están trayendo ahora el cadáver a Madrid.

       En ese momento mi mente y mi cuerpo desconectaron. La borrachera y todas las emociones que había vivido en las últimas tres horas hicieron que las piernas me fallaran definitivamente. Caí en el sofá. Empecé a llorar como un niño. Apenas oía ya las palabras de mi amigo explicando que con ese disparo Montpensier había derramado sangre borbónica, que nadie en su sano juicio le apoyaría ya, que había dinamitado todas sus posibilidades de reinar. La cabeza me latía. Quería decirle que se callara pero las palabras no me salían. El griterío de la planta baja retumbaba en mi cabeza. Finalmente, no aguanté más. Me desmayé.

4.

       Esa misma tarde salió una edición especial de El ciudadano. Tal y como me había prometido mi amigo, el titular era “¿Es éste el rey que queremos?” En primera plana, a cuatro columnas, se informaba del duelo y de su fatal desenlace. En la siguiente página, mi amigo firmaba un artículo disculpándose con sus lectores por haber apoyado a un candidato que ahora se revelaba tan inadecuado. Aquel día El ciudadano era indistinguible de los demás periódicos de Madrid: todos, incluso los más fervientes montpensieristas, criticaban al candidato.

       Al día siguiente fui a hablar con mis amigos del partido progresista. Obviamente no me creyeron cuando les conté la historia. Incluso cuando se supo que efectivamente había cortado con Rocío, la opinión general era que lo había hecho inducido por mi borrachera. Había quienes invertían el orden de los acontecimientos y murmuraban que, cuando supe que la muerte del duque de Sevilla anulaba en la práctica el acuerdo que tenía con los progresistas, fui a beber vino a la taberna hasta que ya no fui consciente de mis actos. De esto me enteré después y por comentarios de terceros. A la cara, todos mis amigos me felicitaron por conseguir que Esteban cambiara de opinión. Sin embargo, cada vez que yo trataba de hablar de mi destino me daban largas o cambiaban de tema.

       Han pasado los años. Al final conseguí una placita modesta, de chupatintas de último nivel, en un despacho del Ministerio de Gobernación. Nunca he ascendido de ahí. Soy tan insignificante que ni siquiera se molestan en echarme cuando cambia el gobierno y todos mis compañeros quedan cesantes. Supongo que no puedo quejarme: pese a que duplico en edad a mis jefes y compañeros, el salario es fijo y me da para vivir.

       A veces he pensado qué habría sucedido si aquella mañana no hubiera ido a casa de Rocío. He revivido muchas veces su discurso. Creo que era mentira, que las ayudas de su padre no habrían llegado jamás y que ella al final se habría cansado de la miseria. Con mi sueldo de chupatintas no habría podido mantener a una familia. Sí, cada vez que pienso en esto llego a la conclusión de que tomé la decisión correcta.

       Pero Madrid, al final, es un lugar pequeño. A veces me cruzo con Rocío y con Esteban, que van del brazo a alguna parte. Ella me gira la cara; él me mira con conmiseración y se las arregla siempre para prestarme algo de dinero, pese a que tampoco nada en la abundancia. No sé cuál de los dos me hace sentir peor. En esos momentos toda mi capacidad de autoengaño se desmorona, vuelvo a sentir la misma vergüenza que aquella mañana de marzo y entiendo que, sin lugar a dudas, aquel trato con mi amigo Esteban fue mi perdición.

       La historia del duelo de los Carabancheles me gusta porque es un buen ejemplo de cómo la vida privada puede llegar a cambiar la vida pública de un país. Dos hombres, cuñados ambos de la reina destronada, que se enfrentan por unos insultos personales en un lance que acaba con uno de ellos muerto y el otro perdiendo todas sus posibilidades de reinar.

       Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, estuvo tres veces a punto de ser rey de España o de que su descendencia lo fuera. La primera se dio cuando fue uno de los candidatos a casarse con Isabel II: aquello no prosperó y él se terminó casado con la hermana de la reina. La segunda, cuando trató de hacerse elegir rey por las Cortes de la revolución, que es el intento cuyo final se narra en el relato. Y la tercera cuando, una vez restaurada la dinastía borbónica, logró hacer casar a su hija con Alfonso XII. La joven reina María de las Mercedes (17 años en el momento de la boda) murió de tifus cinco meses después.

       En cuanto a Enrique de Borbón, duque de Sevilla, es otro personaje peculiar: también fue candidato a casarse con Isabel II (al final fue su hermano el que lo hizo), contrajo matrimonio contra la voluntad de ésta, solicitó afiliarse a la Primera Internacional y le despojaron varias veces de sus títulos por sus opiniones políticas. Las causas que le impulsaron a escribir aquel artículo injuriante no están claras: se especula con su izquierdismo, con un encargo personal de la destronada Isabel II (que aborrecía a Montpensier) o incluso con su rivalidad personal con su adversario, al cual conocía desde su juventud.

       El duelo en sí, fue tal y como se ha narrado: a primera sangre (algo poco habitual en la época) y con pistolas poco precisas. La muerte del duque de Sevilla demolió completamente la causa de Montpensier, que recibió sólo 27 votos de las Cortes cuando éstas decidieron quién sería rey de España, ocho meses después del duelo. Como sabemos, fue elegido rey Amadeo de Saboya, duque de Aosta, con 191 votos a favor. Evidentemente no tenemos ni idea de si Montpensier habría sido elegido rey si no se hubiera producido el duelo, pero lo cierto es que en aquel momento era el único con una candidatura sólida: Prim, el hombre fuerte de la revolución de 1868, era incapaz de encontrar un monarca de su gusto ideológico.

       Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

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