La última resistencia de María Pacheco

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / y al cabo de los seis meses / se rinde doña María. 

Hasta seis meses prolonga / Toledo su rebeldía / mas si Toledo se rinde / Toledo no está vencida.

(Luis López Álvarez, 1972)

La noticia de la elección del nuevo papa llegó a Toledo el 3 de febrero de 1522 y dejó un saldo de 37 muertos.

Durante unas pocas horas las gentes de las Comunidades volvieron a controlar la ciudad y los pendones castellanos ondearon en las murallas. De nuevo se escucharon gritos de esperanza. Pero pronto, muy pronto, los imperiales se reorganizaron y la sangre corrió de nuevo por las calles. A la mañana siguiente doña María Pacheco, la última líder comunera que seguía viva y libre, había desaparecido. Castilla no volvería a verla. Toledo, purgada ya de elementos indeseables, volvía a ser una súbdita fiel. La guerra de las Comunidades había terminado.

Ésta es la historia de esas horas. Ésta es mi historia durante esas horas.

En realidad yo no tendría que haber estado en Toledo aquel día. Era mi hermano Rodrigo el que debería haber acudido a la ciudad. La lana de nuestras ovejas no se iba a vender sola. Por desgracia, poco antes de su partida Rodrigo quedó postrado en cama por una enfermedad repentina y padre me ordenó a mí que tomara su lugar. Salí unos pocos días después de Navidad, acompañado de un criado y de dos hombres armados, cuya presencia me impuso mi padre. “No se sabe quién puede haber por los caminos, hijo mío, y menos en estos tiempos”, me dijo.

Mi padre en realidad siempre fue un exagerado. Se protegía en exceso contra todo peligro, real o imaginario. La guerra había sido dura y el invierno estaba siendo difícil, cierto, pero no había más amenazas que el frío. Los lobos no se acercaban a los caminos y hacía meses que el reino era pacífico. Si el viaje hubiera sido el año anterior, cuando los comuneros aún campaban por sus respetos en tierra segoviana, otro gallo habría cantado.

El camino era seguro, pero las señales de la guerra seguían ahí. Campos arrasados, casas quemadas, tumbas anónimas situadas a la vista… Poco después de salir de casa de mi padre, de hecho, vimos el cadáver calcinado de la casa solariega del marqués de Villamayor, que los rebeldes habían quemado cuando se negó a pagar el tributo que le exigían. Recuerdo la cara seria de mi padre cuando nos llegó la noticia.

—Hijos míos —nos dijo—, no dudéis en tomarlo como ejemplo de lo que no hay que hacer. Una cosa es ser un súbdito leal del rey, cosa buena y conveniente y con la que la familia Horcajo siempre ha cumplido, y otra acabar así por enfrentarse a la gentuza.

—Pero padre, la Junta… —replicó mi hermano.

—La Junta no es más que un hatajo de traidores cada vez más vociferante, estoy de acuerdo. Pero pasará. Las tropas de Adriano y del Consejo de Regencia no tardarán en imponer el orden y entonces será el momento de hacerse notar. Mientras tanto, pagaremos lo que nos pidan y esperaremos.

Mi padre tenía razón, por supuesto. La guerra había terminado y, mientras que nuestro rebaño de ovejas era más grande que nunca, el marqués de Villamayor vivía de la caridad de su hermana en Toro. Después de la batalla de Villalar nosotros habíamos mandado un pequeño contingente de hombres a apoyar al ejército imperial en el ataque a Madrid. Al final Madrid se rindió sin apenas luchar y nuestros hombres volvieron enteros y honrados.


Cruzamos la Sierra de Guadarrama sin acontecimientos dignos de mención. Atravesamos Madrid sin detenernos, aunque me impresionaron sus fortificaciones y troneras, símbolo de que aquello había sido una ciudad en pie de guerra hasta hacía poco. Pasamos el Manzanares y seguimos hacia el sur a buen ritmo. Y por fin, el 16 de enero de 1522, llegamos a Toledo. Toledo la imperial, Toledo la grande, Toledo la magnífica. ¿Fue ya entonces cuando me enamoré de ti, cuando te vi por primera vez alzándote impresionante sobre el Tajo?

Nos dirigimos a casa de Alonso de Alcudia, uno de los socios comerciales de mi padre. Era él quien nos iba a alojar y quien iba a hacer de intermediario entre los distintos compradores y yo. Había seleccionado ya una lista de personas interesadas en adquirir la producción de aquel año: su trabajo era ponerme en contacto con ellas para que yo cerrara los tratos. Pero no el primer día. Mi padre, en un gesto inesperado de largueza, me había dado dinero para que disfrutara de mi primera estancia en la ciudad, y quería ver qué tenía Toledo para darme. Me eché a la calle.

Toledo también estaba marcada por las señales de la guerra, quizás de forma más profunda que Madrid. Había hombres armados por la calle y el famoso Alcázar, que presidía la ciudad, estaba erizado de cañones de aspecto imponente. Vi casas quemadas, me asomé a iglesias que resultaron estar vacías de oro y plata y noté que numerosas tiendas parecían más pobres de lo que deberían, como si alguien las hubiera saqueado.

Y no era sólo eso. Era algo más. Una sensación indefinible de desconfianza flotaba en el ambiente. Había lugares de la ciudad donde no se notaba. En esas zonas parecía que Toledo era una ciudad normal que se recuperaba lentamente de una guerra de la cual había sido centro, pero en otras la tensión podía cortarse con un cuchillo.

Deambulando llegué a una plaza, en uno de cuyos extremos se levantaba un palacete. Sin embargo, parecía más una fortaleza más que la residencia urbana de un noble. Los muros se habían elevado recientemente y se veían varias troneras por las cuales asomaban culebrinas. Lo más preocupante eran los grupos de haraganes que, apoyados en las esquinas de la plazuela, protegían o quizás vigilaban la casa. Iban armados y me miraron con tal hostilidad que salí corriendo inmediatamente.

En Toledo parecía que la guerra no había terminado.

—Es que la guerra no ha terminado —me explicó Alonso de Alcudia durante la cena—. Esa casa que visteis es la de doña María Pacheco.

El nombre de María Pacheco se decía con desprecio en casa de mi padre. La esposa de Padilla, esa mujer que se había atrevido a sostener la rebelión de Toledo durante seis meses después de que la causa comunera hubiera fracasado, sacando dinero de no se sabía dónde y defendiéndose de las tropas imperiales.

—Pero no lo entiendo —dije—. ¿No se rindió doña María en octubre? Eso me había contado mi padre.

—No exactamente. Veréis, en octubre del año pasado Toledo ya no aguantaba más. Empezaba a haber hambre y doña María ya no tenía dinero para pagar a los soldados. Pero las tropas imperiales no estaban tampoco mucho mejor. Así que se llegó a un acuerdo. Doña María rendiría el Alcázar y se retiraría a su casa. Se perdonaría a sus seguidores, que podrían seguir armados hasta que el rey firmara el acuerdo, y Toledo no perdería privilegios.

—Un buen acuerdo, ¿no?

—En apariencia. Pero hay tensión en la ciudad. Su majestad no firma el acuerdo, el corregidor no deja de pedir la rendición total de los comuneros, éstos siguen en armas y controlando varios barrios de la ciudad, incluso hubo disturbios en diciembre. No, la cosa no pinta bien.

—Bueno, en todo caso el problema no es con nosotros, ¿verdad?

—Claro que no. Coincido con tu padre en que es mejor no hacerse notar. Al final doña María tendrá que ceder, y me temo que no tardará mucho en seguir el camino de su esposo —negó con la cabeza, con pena.

Me fui a la cama dándole vueltas a todo lo que don Alonso me había contado. “Qué lástima que una ciudad tan bonita tenga que verse así de desgarrada”, pensé mientras me dormía.


A la mañana siguiente empecé a cuidar de los intereses familiares y olvidé hasta cierto punto el clima de tensión de la ciudad. Todo era entrevistarme con viejos mercaderes que trataban de aprovecharse de mi juventud para comprarme la lana más barata. Pero mi padre no crio a ningún tonto y, aunque mi hermano Rodrigo es el verdadero negociante de la familia, creo que dejé impresionados a aquellos vejestorios.

Finalmente el 30 de enero quedó todo acordado. Estaba satisfecho: había colocado a muy buen precio toda la lana que esperábamos obtener en primavera. Además, uno de los mercaderes se había reservado una opción de compra sobre cualquier exceso inesperado que lográramos. Alonso de Alcudia me felicitó por el éxito de las negociaciones y envió una carta a mi padre colmándome de alabanzas. Me invitó a disfrutar de la hospitalidad de su casa todo el tiempo que quisiera y yo acepté: aún me quedaba casi todo el dinero y me apetecía gozar un poco de la buena vida. ¿Fue un error? Posteriormente mi padre dijo que sí. Yo no lo creo.

Todo empezó con un rumor, que luego se hizo certeza y finalmente noticia cuando el corregidor mandó publicar un bando anunciándolo. Alonso de Alcudia me lo dijo con la cara pálida: el cardenal Adriano de Utrecht había sido elegido sumo pontífice de la Iglesia, con el nombre de Adriano VI. La noticia había sentado como un bofetón a los comuneros que aún residían en la ciudad. No era para menos. No había familia comunera en Toledo que no hubiera perdido a alguien a manos de las tropas que Adriano dirigió cuando fue regente de Castilla. Cada hombre, mujer y niño que había apoyado a las Comunidades le odiaba.

Y por fin, el 3 de febrero, llegó la tragedia. Durante varios días los funcionarios del corregidor se habían dedicado a gritar vivas al papa y al emperador. Uno se había llevado una pedrada, pero no se había logrado detener al autor. A pesar de ese clima, Alonso de Alcudia, su familia y yo estábamos en la plaza de la catedral aquella mañana. ¿Por qué no íbamos a estar? El cabildo de la catedral iba a cantar un solemne Te Deum para agradecer al Espíritu Santo que hubiera dotado a la cristiandad de un nuevo pastor. Como concesión al espectáculo, o quizás a las ganas de provocar, el corregidor había dispuesto que los canónigos cantaran en la propia plaza, en un estrado. Nos tuvimos que apretar contra el fondo del Ayuntamiento porque ya no cabía un alfiler.

Asistir a un Te Deum siempre es una experiencia majestuosa, aunque sea en el exterior. Las vibrantes voces de los cantores no resonaban en la bóveda de la catedral, pero aun así emocionaban. Las notas sagradas eran como bálsamo para nuestra alma. Cerré los ojos y levanté la cara para disfrutarlas mejor. Pero de repente algo interrumpió el éxtasis. Una voz, grave y rasposa, trataba de alzarse por encima del canto. Abrí los ojos y, subiéndome a un poyete, intenté localizar al infractor.

Un joven barbudo y con aspecto salvaje, vociferaba en medio de un círculo cada vez más grande. El coro elevó el volumen pero aun así las palabras del hombre llegaron a mis oídos.

—¡Viva Padilla y viva la Comunidad! ¡Abajo Adriano! ¡Mueran clérigos vendidos!

A mi alrededor también lo habían oído. Los vecinos hablaban entre sí. Pude captar retazos sueltos: “es el hijo de…”, “…su hermano…”, “…mataron en Villalar”, “inconsciente”. Alonso de Alcudia rodeó con el brazo a su mujer para protegerla. Por un momento pensé en acercarme al hombre y preguntarle sus razones para interrumpir así, quizás decirle algo, pero no hubo ocasión. La multitud era cada vez más densa y me impedía moverme.

Un alguacil avanzaba dificultosamente por entre la multitud, seguido de varios soldados. Otro piquete de guardias se abría paso desde una bocacalle. El hombre seguía gritando; por un momento miró en mi dirección y pude ver sus ojos enloquecidos. El alguacil golpeó con el codo a una anciana y se abalanzó contra él. Una mujer gritó.

―¡Se lo llevan! ¡Que se lo llevan!

Volaron las piedras. Una de ellas golpeó en la cabeza a un canónigo, que se llevó la mano a la ceja con gesto de dolor. El coro se detuvo definitivamente. Otra acertó en el casco a un soldado, que blandió su espada hacia la multitud con gesto fiero.

―¡Ven aquí si tienes lo que hay que tener, esbirro! ―un hombre increpaba al soldado.

―¡Que se lo llevan! ¡Haced algo! ―seguía gritando la mujer. Los guardias habían reducido ya al gritón y, entre la lluvia de piedras, le arrastraban fuera de la plaza. Mientras tanto, los canónigos se retiraban hacia la catedral.

―¡Viva Castilla y viva el rey! ¡Arriba el santo padre! ―vociferaba otro hombre.

―Vámonos a casa, Guzmán ―me dijo don Alonso con aire paternal.

Empezamos a retirarnos lentamente. A nuestro alrededor el guirigay era total. La muchedumbre seguía llegando a la plaza. En un momento dado varias personas cruzaron entre los criados de don Alonso y yo, y quedé separado del grupo. Intenté seguir avanzando, pero fue entonces cuando se produjo la desbandada.

No sé qué la provocó, pero de repente la plaza explotó. Me vi golpeado por lo que parecía un centenar de brazos, codos y rodillas. Los gritos se convirtieron en chillidos inarticulados y caí al suelo. Varias personas me pisotearon. Miré hacia arriba, tapándome la cara con los brazos. La gente corría en todas direcciones y las piedras seguían volando. No sé cómo pude arrastrarme hacia una pared cercana, donde me levanté hasta quedar recostado.

La plaza se había vaciado y, de alguna forma, tranquilizado. Se habían llevado al gritón; en el sitio donde había estado se podían ver manchurrones de sangre. No se veían soldados ni alguaciles y las puertas de la catedral estaban cerradas. Los grupos de hombres que quedaban en la plaza ahora ya no tenían enemigo. Y entonces apareció ella.

Me impresionó su juventud: por cómo la gente hablaba de la Leona de Castilla me la había imaginado como una mujer madura, pero no podía ser mucho mayor que yo. Estaba pálida, se notaba que había enflaquecido mucho en poco tiempo y las ropas de luto caían sobre su cuerpo como una mortaja. Pero sus ojos… nunca había visto ojos tan vivos, tan fuertes, que expresaran tanta determinación. Pese al dolor que había en ellos, resaltaban en su cara como pavesas. Te enganchaban, se metían en lo más hondo de ti, te llevaban donde querían. Ni siquiera recuerdo su color, sólo que ardían de furia y de dolor.

Doña María Pacheco se subió al estrado que habían dejado libre los canónigos y, sin esperar ni un minuto, habló a la multitud. Su voz clara resonó en la plaza.

―¡El rey nos ha traicionado! ¡Su esbirro nos hizo rendir Toledo con mentiras, y ya vemos en qué quedan sus promesas! ―señaló con el brazo el lugar donde habían detenido al hombre que gritaba―. ¡Si nos quedamos quietos llegará el día en que las tropas del prior de San Juan se lancen por nuestras calles, nos ataquen por la espalda y nos maten sin poder defendernos! ¿Es eso lo que queremos?

La muchedumbre, que ahora estaba compuesta sólo de comuneros, gritó “¡No!” Se alzaron varios brazos, que empuñaban objetos. Vi pendones morados, espadas y hasta una escopeta. Doña María siguió hablando.

―¡No más paz, no más armisticio, no más tranquilidad! ¡Combatiremos hasta el fin!

La respuesta fue arrolladora. Docenas de hombres y de mujeres se lanzaron hacia las calles adyacentes. Vi a un grupo que arrastraba un carro para bloquear una de las bocacalles. Otro hombre se había subido al estrado y lanzaba espadas y cuchillos al pueblo: los hombres y las mujeres que los recogían se dirigían inmediatamente fuera de la plaza, quizás a sublevar el resto de la ciudad. Alguien escaló la puerta de la catedral e hizo ondear el pendón morado allí arriba.

Me acerqué. ¿Podía hacer otra cosa? ¿Podía resistirme a la fuerza que me impulsaba? Llegué hasta el estrado. Varios hombres me golpearon la espalda en señal de amistad y me preguntaron mi filiación. Contesté sin pensar y pronto mi mano empuñaba un largo cuchillo con mango de hueso. Doña María, después de mirarme de manera fugaz, se dirigió hacia sus capitanes y empezó a planear la defensa de los barrios que controlaba. Después de aquella mirada habría matado por ella.

La tranquilidad no duró mucho. Pronto el sonido de varios truenos desgarró el aire. Miré hacia arriba: las bocas de los cañones del Alcázar humeaban. Acababan de dispararlos.

—Tranquilo, hombre —me dijo uno de los comuneros que estaba a mi lado, un hombre a punto de entrar en la vejez—. No son más que salvas. Es la manera que tiene el prior de decir que nos rindamos. Pero no lo haremos, ¿verdad, compañeros?

—¡Nunca! —contestó una mujer madura—. ¡Les hicimos sudar sangre el año pasado y volverán a sudarla! ¡Viva Castilla!

La plaza seguía llena de gente cuando los imperiales atacaron. Había pasado algo más de media hora desde las salvas y el humo de los cañones ya se había difuminado. Doña María seguía presente, pero ya no dictaba órdenes sino que conferenciaba con sus capitanes. Hacía tiempo que había pasado el mediodía; en una esquina se había montado un tenderete donde varias mujeres repartían comida a los comuneros que seguían allí. En las barricadas seguía habiendo hombres de guardia, pero algo más tranquilos. Yo, sin nada que hacer, iba pasando entre grupos para ver si podía ayudar.

El ataque vino sin previo aviso. Oí un chillido; miré y pude ver a una docena de imperiales corriendo como posesos hacia la barricada que había a mi lado. Los defensores apenas tuvieron tiempo de empuñar las armas: los enemigos escalaron los parapetos y cayeron sobre ellos. El minuto siguiente fue el caos. Los comuneros lucharon con fiereza, pero no sirvió de nada. Había gritos en todas las barricadas. Delante de mí, un carpintero levantó su hacha sólo para caer acuchillado. Otro hombre trató de huir y le derribaron por la espalda. No tuvimos ninguna posibilidad.

—¡A ellos! —gritaba uno de sus capitanes, avanzando ya hacia el centro de la plaza—. ¡No dejéis ni uno! ¡Por el rey!

Corrí sin saber hacia dónde iba. Salí por uno de los lados de la plaza y el hombre que me había tranquilizado acerca de las salvas me agarró de un brazo.

—¡Por aquí! —dijo, y me arrastró a un callejón.

Atravesamos Toledo. Aquí y allá se oía el sonido de la lucha: los comuneros, en aquellos lugares donde no habían sido atrapados por sorpresa, se defendían bravamente. En un momento dado una puerta se abrió ante nosotros y un soldado imperial, muerto o muy malherido, cayó a nuestros pies. Seguimos corriendo, sin ignorar que no era más que un triunfo puntual. Lo habíamos visto en la plaza: las tropas reales eran demasiadas y habían golpeado con fuerza.

La casa de doña María seguía intacta. Al contrario que la otra vez, las puertas estaban abiertas. Los reales no habían llegado aún hasta allí y pequeños grupos de comuneros llegaban (llegábamos) como un goteo. Poco después de entrar nosotros uno de los comuneros afirmó que había visto a un imperial a pocas calles. Las puertas se cerraron definitivamente y nos aprestamos a la defensa.

Si algo me impresionó de la casa fue su pobreza. María Pacheco era noble, igual que lo era yo, y por ello esperaba que su casa fuera similar a la mía: mobiliario rico, tapices preciosos, adornos de plata y todo lo demás. Pero allí no había nada de eso. Las habitaciones eran oscuras y se veían desnudas incluso del mobiliario más básico. Le pregunté por ello al hombre que me había traído hasta allí.

—Ah, sí. Doña María, durante la defensa de la ciudad, hizo lo que tuvo que hacer para pagar las tropas, incluso vender todos los bienes de su casa. Es una gran mujer.

Quedé impresionado. No me imaginaba a mi padre, ni a ninguno de los nobles e hidalgos que conocía, empobreciéndose hasta ese extremo por la defensa de una idea. Imaginaba que mi padre, cuando se enterara, tomaría a María Pacheco por una imbécil. En mi cabeza su imagen doliente y su dedicación a los demás le hacían adquirir más bien caracteres de santa. Mi amigo siguió hablando.

—¿Qué hacéis aquí, compañero? No sois de Toledo, parecéis noble y creo que ni siquiera sois de ciudad. Diría que vuestro sitio está allí —y señaló con el pulgar al exterior de la casa.

¿Qué hacía allí? Gran pregunta. No tenía respuesta, por desgracia. ¿Los fieros ojos de doña María me habían fascinado hasta el punto de meterme en una ratonera de la que probablemente sólo saldría muerto? ¡Qué me importaban a mí las reclamaciones de los comuneros! Y sin embargo seguía llevando el cuchillo con mango de hueso, y la crueldad de la tropa imperial en la plaza me había revuelto las tripas.

—Tenéis razón, amigo mío. Soy noble, de la ciudad de Segovia, y vine aquí para cerrar unos tratos comerciales. Ni soy ni he sido comunero, y estaba en la plaza por casualidad. Pero ahora creo que la Santa Junta de Comunidades me parece una buena idea y que moriría defendiendo a doña María.

Mi amigo me miró con comprensión.

—Sí, doña María tiene ese efecto. En esta casa todos creemos en el ideal comunero, pero nadie ignora que está perdido. Lo de hoy ha sido un espasmo, el último acto de una guerra que se perdió hace un año. No puede durar. Pero doña María defendió Toledo durante seis meses y luego fue capaz de conseguir una salida digna. Es una gran mujer, y entiendo que os inspire esa lealtad.

“Amigo mío, os doy un consejo. Esto está perdido. Salid de aquí ahora que aún podéis. Conseguiré que os abran la puerta trasera: escabullíos por los callejones, volved a donde sea que os estéis alojando y que nadie se entere de esta aventura. Olvidaos de doña María y olvidaos de la comunidad. Aún podéis salir con bien.

—¡Nunca! —me indigné ante la propuesta—. ¿Olvidarme? ¿Cómo podría? ¡Si he de morir, que sea empuñando un arma y en defensa de algo justo!

Mi compañero me miró con compasión, o quizás con esa expresión paternal que los hombres maduros reservan para los jóvenes tarambanas. Se encogió de hombros y se alejó de mí, en dirección al interior de la casa.

Salí al patio. Pasaban ya varias horas del mediodía y se estaba nublando, por lo que el exterior estaba oscuro. Aun así, pude ver en los tejados y en los muros a varios comuneros que, atentos, oteaban el exterior. No se iba a repetir lo de la plaza. Por una escalera de mano subí a la tapia. La plazoleta exterior estaba tranquila, pero al otro lado, en la embocadura de una calle, se veía a dos soldados imperiales que vigilaban la casa. En uno de los tejados divisé a un ballestero parapetado detrás de una chimenea. Estaba claro que la casa de doña María era el último reducto comunero que quedaba en la ciudad.

Un hombre se acercó a la casa. Un chico joven, desarmado, que llevaba en la mano derecha un rollo de pergamino. Me bajé de la escalera y me acerqué a la puerta. Uno de los hombres había abierto un ventanuco y justo pude ver el momento en el que el heraldo metía la mano para entregar el documento. El guardia se internó en la casa y yo le seguí.

Doña María estaba sentada en una basta silla de madera, en el salón central de la casa. El guardia le dio el pergamino y ella lo abrió y lo leyó en silencio. Luego lo dejó en una mesa y, con voz desanimada, les dijo a los hombres que había a su lado:

—El prior de San Juan me da una tregua y pide mi rendición. Si en el plazo de tres horas cedo esta casa, se respetará mi persona hasta que el rey vuelva a Castilla y disponga de mí. Lo hablado en octubre se anula, por supuesto, pero no investigará la revuelta de hoy y nadie será castigado por ella. También me informa de que el resto de Toledo es ya del rey y de que al término de las tres horas entrará en esta casa a sangre y fuego.

No lo había dicho en alto pero tampoco en un susurro, sino que había empleado ese tono de voz intermedio que alguien usa cuando quiere hablar con las personas que están a su lado pero no le importa que se enteren otros. El hombre que me había traído a la casa, que también estaba en la habitación, me miró como diciendo “¿lo ves?”

—¿Qué vais a hacer, mi señora? —preguntó un anciano que había al lado de doña María.

—Aún no lo sé —dijo la Leona, abatida—. Esperaré.

Pasó una hora, pasaron dos. Fuera oscurecía con rapidez. Nadie hablaba. No hacía falta: el desánimo podía leerse en todas las caras. Varios hombres se revolvían, inquietos. Otros salían y entraban del cuarto. Uno de ellos se acercó a doña María y le dijo algo en un susurro. “Deja que se vayan”, contestó ella. “No podemos impedirlo y su deseo es muy normal. Que salgan por la puerta trasera y se dispersen por los callejones”. El hombre partió para cumplir la orden.

Debía faltar menos de media hora cuando doña María se levantó y se dirigió en voz alta a los hombres que llenábamos la estancia.

—Mis señores —dijo, con la voz teñida de pena—, esto se ha terminado. No aceptaré las condiciones que me impone el prior de San Juan. Son deshonrosas. En lugar de ello, abandonaré esta casa y huiré de Toledo. Mi tío me ofreció su hospitalidad hace meses en la villa de Escalona: la aceptaré ahora y dejaré que él me proteja.

—Doña María, con todo respeto, dicen que el rey está a punto de regresar —dijo el anciano—. ¿Por qué no esperáis a que venga y le escribís solicitando su perdón?

Los presentes en el salón murmuraron mientras doña María fruncía los labios.

—No me rebajaré hasta esos extremos. No pediré clemencia a un monarca extranjero que vino aquí a saquear el reino y a mandar que se matara a buenos castellanos. Aceptar la piedad del rey, don Matías, sería reírme en la cara de mi marido y de todos los toledanos que murieron en Tordesillas, en Torrelobatón y en Villalar. Prefiero huir y morir en el exilio.

Don Matías hizo una inclinación de cabeza. La Leona nos miró.

—Pronto entrarán en estos salones los hombres del prior de San Juan. Quien quiera que se vaya. Contará siempre con la gratitud de la casa de Mondéjar, si es que eso significa algo para él. Don Matías: ¿me haréis el favor de recibir al prior y entretenerle? Necesito que me deis tiempo —el anciano asintió—. Huiré sola, hacia el portillo de los Linajes; mi familia tiene allí una cuadra y podré recoger un caballo que me lleve a Escalona.

“Pero tengo una petición. Moriré antes de caer en manos de los reales. Necesito que un caballero fuerte y leal me acompañe hasta la muralla y, si nos vemos sorprendidos y mi mano flaquea antes de darme muerte, me conceda esa gracia. ¿Quién se presta?

—¡Yo! —exclamé, antes de que nadie abriera en la boca. Mi grito resonó a destiempo en el silencioso salón. El hombre que me había llevado a la casa me miró como si estuviera loco. Doña María se acercó a mí.

—¿Y quién sois vos, señor? No sois de la ciudad.

—Guzmán Horcajo, mi señora, de Segovia.

—Horcajo… sí, vuestro padre fue muy prudente en la guerra —su voz era amarga—. Ni en un bando ni en otro hasta que pudo hacerlo sin peligro. Y sin embargo estáis aquí. Un poco tarde para unirse a la causa comunera, ¿no? —una chispa de diversión brilló en sus ojos.

—Tarde pero dispuesto a servirla… mi señora.

—Bien, pues. Tomaré vuestra rápida oferta como prueba de confianza. Tenéis mi vida y mi honor en vuestras manos, don Guzmán. Vamos.

El corazón parecía querer salírseme del pecho cuando, unos momentos después, salíamos por la puerta trasera y emprendíamos la marcha buscando las sombras. Yo empuñaba con fuerza el cuchillo con mango de hueso, dispuesto a cumplir la última orden de la que ya era mi señora. Nuestros pasos resonaban por la ciudad vacía. ¿Vacía? No tanto. En un momento dado doña María se detuvo. Se oían pasos. Sin hablar, nos ocultamos en un soportal. A los pocos segundos, dos guardias pasaron por la calle a la que habíamos estado a punto de salir. Sólo cuando el eco de sus pisadas se desvaneció seguimos la marcha.

¿Qué pensaba durante aquellos momentos? No lo recuerdo. Quizás en el peligro que corríamos, o en la valentía de la mujer que tenía al lado, o en la cara que iba a poner el prior de San Juan cuando descubriera que doña María no estaba en la casa. Lo que sí sé es que la emoción me embargaba y que lo único que evitaba que me pusiera a dar vivas a Castilla era el sigilo que imponía nuestra situación.

Las murallas cada vez estaban más cerca. Aceleramos; a mi lado, doña María resoplaba. La miré. Tenía los labios fruncidos en una mueca de determinación. Salimos de un callejón y enfilamos una calle algo más amplia. Sin acuerdo previo empezamos a correr: a aquellas alturas el prior de San Juan ya tendría que estar entrando en la casa. Pronto se daría la alarma en la ciudad. Había que echar el resto y llegar antes de que…

―¡Eh, ustedes! ―gritó una voz de repente.

Un hombre anciano vestido con una coraza se acercaba a nosotros. Detrás de él caminaban dos guardias con cara de malas pulgas. Doña María se revolvió, incómoda. Sujeté el cuchillo dentro de la capa. Si las cosas se ponían feas tendría que actuar.

―No es buena noche para andar por Toledo, señores ―dijo el sargento, con hostilidad―. La casa de la rebelde está bajo asedio, y aparecen ustedes corriendo… ¿adónde iban?

Tragué saliva, mudo. Ante mi silencio, los dos guardias nos rodearon. Sus intenciones eran inequívocas. Si desenvainaba rápidamente podría acabar con la vida de doña María antes de que se lanzaran a prendernos. Pero de repente ella se quitó la capucha y se dirigió al sargento, casi llorando.

―Disculpad a mi hermano, señoría ―la miré con asombro, pero ella siguió hablando―. Corríamos para coger unos caballos y salir de la ciudad en dirección a Segovia. Acaba de llegar un mensajero. Nuestro padre, don Juan de Horcajo, se muere. Quizás ya lo esté…

―¿Salir ahora, de noche y con este tiempo? ―preguntó el sargento. La hostilidad no había desaparecido de su voz―. ¿Qué clase de hermano arrastraría a su hermana por los caminos, señores?

―¡Un hermano devoto, señoría! En menos de un año he perdido a mi marido y a mi madre ―la Leona señaló sus ropas de luto―. Él murió de un accidente y ella de un dolor de costado que fue fulminante. No pude hablar con ninguno de los dos. ¿Vais a privarme también de escuchar las últimas palabras de mi padre?

El sargento parecía dudar. Me miró como pidiendo ayuda, pero yo desvié la mirada. Doña María seguía plantada en su sitio, sin ceder un ápice.

―Vamos, sargento ―dijo uno de los soldados, con cara de aburrimiento―. No tienen nada que ver, y si nos damos prisa aún quedará algo de vino caliente.

Eso terminó de convencerle. Movió la cabeza, diciéndonos que nos fuéramos. Yo iba a salir ya corriendo, pero doña María quería rematar la comedia.

―Muchas gracias por su generosidad, caballero. Dios le bendiga ―y, antes de que el hombre se repusiera del inesperado halago, nos fuimos de allí.


Recorrimos el resto de la distancia sin que nadie nos molestara. Yo me sentía un estúpido por no haber sabido reaccionar, pero lo más importante es que la sensación de peligro había pasado.

Llegamos a la cuadra. No había nadie dentro; entre doña María y yo abrimos la puerta. Ella escogió a un caballo tan negro como sus ropas, lo embridamos y montó. Salimos de la cuadra y rodeamos el edificio. El portillo de los Linajes estaba allí, apenas delimitado en la oscuridad de la noche. No había guardias: era una puerta completamente secundaria y además aquella noche el peligro estaba en otra parte. Lo abrimos y doña María salió de la ciudad.

—Aquí nos separamos, amigo mío. Me habéis prestado un gran servicio; nunca lo olvidaré.

—¿Gran servicio? —dije con ironía—. Lamento haberme quedado paralizado, mi señora.

—Ni lo penséis. Sólo me atreví a decir aquellas cosas porque me di cuenta de que los guardias no eran de Toledo y no podían conocerme. Si hubiera salido mal vos habríais tenido que cumplir vuestra parte del acuerdo, y no dudo de que lo habríais hecho.

—¿Llegaréis bien? —pregunté, reconfortado.

—Escalona no está lejos. Galoparé hasta alejarme de las murallas y luego reduciré el paso. Conozco el camino y parece que va a clarear: estaré allí antes del amanecer.

Como si sus palabras fueran proféticas, las nubes, que ya estaban en franca retirada, dejaron ver la luna. El astro estaba poco menos que en cuarto creciente, pero iluminó la cara de doña María. Pude ver sus ojos de fuego por última vez mientras se despedía con un movimiento de cabeza. Luego volvió grupas y, sin decir una palabra más, salió al galope.

Cerré el portillo y empecé a caminar. No sabía dónde estaba la casa del socio de mi padre, pero era el momento de buscarla. Ya me informaría. ¿Qué diría cuando llegara? En aquel momento no lo pensaba. No me hacía ilusiones: probablemente alguien habría contado a Alonso de Alcudia lo que había hecho después de la desbandada de la plaza. Mi padre se enteraría y no le iba a gustar.

Me sentí culpable por pensar así. Cientos de hombres habían muerto por defender aquella causa y yo temía la furia de un anciano. Afrontaría lo que viniera con dignidad, como la Leona de Castilla había partido al exilio. Además, nadie tenía por qué enterarse de mi principal culpa: evitar la captura de la que los hombres del rey consideraban rebelde y traidora. Los hombres de la casa no hablarían. En cuanto a los guardias, cuando se enteraran del engaño y ataran cabos, preferirían callar por su propio bien.

Sí, nadie lo sabría salvo yo, pero yo lo recordaría siempre. Nunca olvidaría aquel día de comunidad y alegría, aquella tarde de angustia y espera y aquella noche invernal en la que escolté por las calles de Toledo a doña María Pacheco, la última comunera.

María Pacheco huyó de Toledo el 3 de febrero de 1522, después de que fracasara una sublevación espontánea de los comuneros que quedaban en la ciudad. Tenía entonces 25 años. La huida fue menos épica que la aquí relatada: nada de carreras solitarias en caballos negros. Por el contrario, parece que fue debida a la intervención de su hermana, María de Mendoza, y al hermano de su marido, Gutierre López de Padilla. Ambos militaban en el bando realista y fueron los artífices de la tregua que concedió el prior de San Juan. Durante la misma, sacaron a Pacheco de la ciudad disfrazada de campesina. Fue a Escalona y desde allí pasó a Portugal, donde murió en 1531. Nunca volvió a Castilla: el rey la había exceptuado del perdón general de 1522 y la había condenado a muerte en 1524. Aquí hay una biografía más completa de este interesante personaje histórico.

Esto es ficción y, por tanto, he manipulado algunos hechos. Aparte de a los mencionados María de Mendoza y Gutierre López, he suprimido del relato a Pedro López de Padilla, hijo de María Pacheco. Era un niño de corta edad que, tras la huida de su madre, fue llevado a Alhama, donde murió al año siguiente. También he añadido cosas: el portillo de los Linajes, por ejemplo, no existe. En cuanto a las calles de Toledo, dado que no conozco la ciudad he preferido evitar referencias que pudieran ser erróneas. La casa de Juan de Padilla y María Pacheco, por cierto, fue arrasada después de los hechos del relato. Ignoro si se conoce su emplazamiento.

Este relato ha sido posible gracias a mis mecenas de Patreon. Me comprometí a investigar una anécdota o curiosidad histórica cada mes y a escribir un relato con ella si llegábamos a los 40 $ mensuales y resulta que llegamos. Si quieres ayudar a que este proyecto siga creciendo, puedes hacerte mecenas por 1 $ al mes.

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